Inés sueña con ser niña
Inés ha aprendido a disolverse entre la multitud. Su cuerpo famélico y pequeño le permite pasar desapercibida. Allí, sentada al final del autobús es solo un bulto, una sombra, un personaje secundario de una historia que creyó diferente y única, pero que se repite una y otra vez con los días. Es ella la que mira por la ventana con su frente pegada al vidrio, cerrando los ojos, por la abrumadora derrota, herida. Es Inés la que abre los ojos y los cierra, de manera intermitente, al ver cómo la realidad muerde como un roedor que en sus adentros chilla.
En casa la espera su niñita. Una bebé que come mucho y se despierta por la madrugada e Inés debe despertarse también, con los ojos cerrados, para darle los raudales de su pecho que la aquietan por momentos como si fuera ella una llovizna. Aunque amanezca afuera, la penumbra es adentro, devorando lento los residuos de un tiempo que Inés siente prestado. Así debe levantarse, salir con pasos trémulos, gastados, difuminarse allá afuera. La vida le ha arrancado a mordidas las esperanzas.
Inés siempre ha trabajado. Desde chiquita lo ha hecho. Ha trabajado en casas de familia, lavando, planchando. Nunca estudió porque en casa nadie sabía de eso. Su madre, con cinco hijos, también lavaba y planchaba, por lo que tuvo que echarlos temprano al ruedo. Cuando hay una sola habitación para todos, se busca que todos empiecen rápido su vuelo. Así que la primera vez que Inés tuvo a su bebita en los brazos y la enfermera le dijo: toma la muñeca para que juegues, Inés quiso decirle que nunca había tenido una muñeca y que desconocía lo que era un juego.
Los ojos dormidos se abren y se cierran, mientras Inés ve por la ventana del autobús niños parecidos a ella que corren, ríen y juegan. En el fondo de sus pupilas ella otra vida recrea y sueña. Ella quiere ser algo que nunca fue: Inés quiere ser una niña que va a la escuela.