Héroes remotos
Hacía un año que se había ido de su país, pero aún no se acostumbraba a llegar al cuarto de la pensión y encontrarse solo, sin nadie quien lo recibiera, alguien con quien hablar. Ante su familia, incólume y de manera sabía, había decidido irse. Al principio los hermanos y la madre se opusieron, él, acostumbrado a mantener sus decisiones más allá de las invasiones de los otros, les notificó que era una decisión tomada y no una consulta. No tuvieron más remedio que apoyarlo.
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Al principio fue muy duro, pero después se le curtió el cuero de tantos golpes e imposibles. Hubo días que se sintió muy solo y cobarde, pero sacaba un coraje ciego para lanzarse una y otra vez a la calle a pelear, para ganar un poquito de esperanza, de llama, de fuego, que lo mantuviera vivo. Los ojos se le llenaban de rabia cada vez que se le cerraba una puerta, sin embargo, más allá del garfio que le oprimía la garganta, se sobreponía y se decía para sí: hoy no, pero mañana sí.
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Desde hacía dos meses tenía dos trabajos: uno en la mañana como mensajero y otro en la tarde como mesonero en un restaurante. A penas salía de un trabajo, corría al otro y trataba de dar lo mejor cada día. Atrás quedaron sus estudios de derecho, el sueño de un bufete propio. Desde hacía dos meses se preparaba para ser el mejor mensajero y el mejor mesero de la ciudad. Su sueño de aquellos días: mandarle a su familia dinero mensualmente para que pudieran comer.
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Así vivía los días, sin la intimidad de un abrazo, la cercanía de una mirada amiga, esperando llegar a la pensión, no para encontrarse con alguien ni para dormir, sino para hacer la videollamada acostumbrada, esa que lo hace sonreír y volver a la vida. Con el cuerpo cansado de los ajetreos del día, marca los números rápidamente y a penas aparece la imagen en la pantalla del celular, con genuina alegría, eufórico, el muchacho exclama: écheme la bendición, madre mía. ¿Cómo están por allá, cómo está la familia?
Para mi hermano y mi sobrino, tan lejos y tan cerca