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Mi tía Jacinta, que es la mayor, ha comenzado a sacar toda la ropa de la abuela del armario, sus zapatos y sábanas. Las otras han pelado los ojos al ver que la abuela mantiene muchas cosas intactas, como nueva. Han tenido que repartirse las cosas por igual, para que ninguna quede inconforme, para que después no se pongan bravas como cuando mi abuelo le dejó el terreno a mi papá y mis tías en pleno entierro se lamentaban y lloraban: Ay, papaíto, cómo te fuiste y nos dejaste sin nada. Ay, paíto, te fuiste y ahora qué hago yo si tú eras él único que me ayudabas. Al final mi papá les dejó el terreno para que el pueblo no hablara y ellas dejaran de llorar.
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Ayer, después que fui a buscar unos mangos en casa de mi madrina, mis tías me llamaron para el cuarto de la abuela. Allí cada una agarró su mango, diciendo: yo quiero el más madurito, a mí dame uno que esté pintón. Sin poder decir nada, dejé que mis tías agarraran de a 2 y de a 4. Allí, al lado de la abuela, se llevaron los mangos a la boca, saboreándolos como el propio manjar. En eso la abuela pegó un suspiro fuerte y comenzó la bullaranga en la casa: ay, maíta no te mueras, ay maíta no te vayas; y con cada queja un chupito para el mango que tenían en la boca, una mordida, un bocao. Y con la pepa del mango en la mano: Ay, mi viejita linda, me vas a hacer falta cuando te mueras, no te vayas todavía, qué dolor tan grande, mi vieja; y un chupito para la pepa y otro y otro.
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El médico ha dicho nuevamente que la abuela no pasa de estos días, que estén pendientes y papá ha ido a llevarlo a su casa. Las tías han comenzado a sacar la platería nueva, los utensilios de la cocina y hasta han revisado lo que hay en la despensa. Claro, todo esto lo han hecho con las caras largas y tristes, con el pañuelo mojado de tanto moco y lágrimas. Desde aquí donde estoy sentado, veo sobre la casa un montón de buitres y zamuros. Si en una semana, la abuela no se muere, se llevarán hasta
la casa.