El vaivén de las espigas
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El hombre preguntó algo casi en un susurro y entrecerró los ojos como esperando una respuesta. A la muchacha, cuando habló, le temblaban los labios y el pecho. Con una mano quitó el cabello que caía en el rostro y con la otra sostuvo la prenda mojada. Así, entre preguntas y respuestas, pasaron la tarde el forastero y la muchacha. Él, debajo de un árbol, a la sombra de las ramas; ella, dentro del río, sintiendo entre sus piernas correr el agua.
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Como lobo de paso, el hombre tiene una tierna ferocidad en sus gestos. Sus palabras penetran en la piel de la muchacha y su corazón canta. La melodía de su voz es como la de una cigarra que embriaga las noches de sonidos, insomnios, delirios, mariposas en la garganta. El forastero la mira y le habla, con cada susurro, la muchacha se vuelve agua, y se turba y se sonroja como una luna rosada.
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Cuando el forastero se marchó con la promesa de volver luego, la muchacha bajó los ojos con temor a que fuesen un espejo. Lavó la ropa rapidito y toda la metió nuevamente en el cesto. Se lo puso en un costado y tomó el camino de regreso. Cuando pasó por el maizal, las espigas acariciaron su cuerpo. Estremecida y agitada, la muchacha sintió de nuevo un pocito de agua entre las piernas y un olor a fruta agria en el viento.