Cuando ella huele el aire, lo reconoce.
Sabe que es él.
La prodigiosa longitud del tiempo
no lo han borrado.
Son las manos iguales,
que queman su costado
en estos días apagados,
repetidos,
sin amparo de otra carne.
Huele y la piel florece
como florecen las semillas.
Las caricias ensordecedoras penetran,
el suave sudor se expande,
es un exceso de dulzura,
pero también es un látigo,
que muerde,
que lacera,
como una llama.
HASTA UNA PRÓXIMA LECTURA, AMIGOS
*La fotografía fue tomada con mi celular Blu C4CO5Ou. Android dua. El GIF