El olor de los frutos maduros
Tuvo una duda con el aguacate redondo y moradito. Obvio que a medida que comía aquel fruto a veces verdoso, suave y gustoso, sus papilas gustativas se abrían para darle paso al recuerdo placentero de aquella tarde pasada. Fue entonces cuando se hizo experta en guacamoles, ensaladas y hasta de una guasacaca con perejil, cebolla, un chorrito de aceite y otro de vinagre, y varios dientes de ajo que era el acompañamiento perfecto de las carnes asadas y fritas. Pero se dio cuenta de que no todos los aguacates saben y huelen igual. Los hay insípidos, sin olor, como el agua. Y se decepcionaba cuando al llegar a casa picaba el aguacate en grande lonjas pulposas y se encontraba con un sabor insulso en la boca. ¡Ah malaya una ciruela de hueso!, pero era agosto y era tiempo de aguacates.
En una página de medicina natural, de una revista vieja de consultorio, se topó con una bebida a base de limón y bicarbonato. Bebida astringente que debía tomarse en ayunas para rebajar kilos. Todas las mañanas despertaba extasiada para saborear aquel brebaje blanco y espumoso, que se le hacía caliente, dulzón y espeso. Ella misma se volvía jugo y su cresta negra y tupida se mojaba en agridulces salivas virginales .En meses rebajó muchos kilos, pero el hecho de revivir cada mañana el único sabor que le había dejado aquel hombre de paso, la hacía olvidar la piel traslúcida y los huesos obvios de una vejez más temprana.
Y así transcurrió su vida. Jamás se le conoció hombre, aunque las malas lenguas decían de suspiros monosilábicos todas las mañanas y que aquella deformación en la boca era consecuencia de prácticas viles. Su vida la dedicó a sembrar matas de ciruelas, aguacates y limones. Después descubrió el placer de otros frutos y hortalizas, y llegaron cambures, mazorcas y berenjenas. Los vecinos sabían que cuando los frutos maduros empezaban a esparcir su olor dulzón, con él llegaba un extraño olor a mar y a almejas saladas.