El muchacho hambriento
Cuando el muchacho tuvo la arepa en las manos, abrió la boca como si quisiera comerse el mundo. Un bocado grueso entró a su boca ávida, luego otro y otro, casi sin masticar. Con una premura voraz, sus manos sucias y huesudas, recogían las migas que caían al suelo sin distinguir sobras de su arepa o las de otros, hormigas, tierras, cabellos y moscas, para luego llevárselas a aquella rapaz boca tan infortunada de alimentos. Mientras comía, mis ojos se posaron en él que estaba agachado en el suelo y de repente él subió los ojos para verme: dos ojos desafiantes, como las de un animal hambriento que cuida su comida; tan amenazante como un arma de fuego.
Allí en el piso, el muchacho siguió recogiendo las sobras, con la boca apretada como si lo que tragara fuera la amarga vida. Algunos otros que comían y viendo aquello, empezaron a darle partes de sus alimentos. Entonces el muchacho se sentó en la acera como el animal que está al acecho de lo que caiga en el suelo y ya no solo era comida, también escurría las botellas de refrescos, ante la mirada recelosa de los comensales y el asco evidente de la gente.
Yo había volteado a decirle algo a Antonia, cuando escuché la algarabía: “El muchacho, el muchacho, se llevó mi bolso”, escuché yo de manera confundida. Levanté la vista y pude ver la imagen esquelética del muchacho correr calle arriba. Aunque intentaron detenerlo, como un animal sagaz, huyó con la velocidad con la que comía. Allí quedamos todos los presentes confundidos y engañados recapitulando los acontecimientos. En eso una mujer dijo, señalándome con el dedo: “usted fue la primera que le ofreció comida”. Y todos voltearon a verme como si yo fuese una homicida.