La abuela era muy consentidora y dejaba que hiciéramos lo que se nos antojaba, así que ir a la casa de campo era un placer para nosotros. Lo único malo de ir a la casa de la abuela era que no tenía luz eléctrica y que el baño quedaba fuera de la casa. En la mañana esto no era problema, el inconveniente se presentaba por las noches, cuando debíamos ir al baño antes de irnos a dormir. Ahí nadie quería ir solo, por lo que íbamos todos al baño y si a alguien le daban ganas de ir en mitad de la madrugada, pues le tocaba aguantarse o hacerse encima.
La abuela siempre preguntaba que por qué no íbamos solos y nosotros siempre contestábamos:
_Ahí sale muerto, maíta.
“No hay que tenerles miedo a los muertos sino a los vivos”, era lo que decía mi abuela con una mirada de sabia como si ella supiera un secreto que todos desconocíamos y que se aprende con los años.
Una vez mientras jugábamos, una de mis hermanas tiró la pelota por encima del techo de la casa. Al comienzo comenzamos a pelear con ella; luego le exigimos que fuera a ver dónde había caído y que fuera a buscarla. Tuvo que ir a regañadientes, pero no había pasado 5 minutos cuando regresó pálida y asfixiada. Todos fuimos a su encuentro y le preguntamos qué había pasado.
_En el cuarto de atrás hay una mujer encerrada –dijo casi ahogada.
Todos nos miramos incrédulos. Debía ser mentira. Seguro mi hermana había visto mal y el mismo miedo le había hecho una mala jugada. Nos llenamos de valor y decidimos ir a ver con nuestros ojos. Lentamente y agrupados, nos fuimos a ver el cuarto de atrás de la casa, que aunque estaba dentro de la casa, nunca habíamos llegado hasta allí porque la abuela nos había prohibido encarecidamente que no nos acercáramos a él. Orden que habíamos cumplido hasta ese día.
Cuando llegamos a la habitación, nos acercamos a los barrotes de la ventana. Adentro el techo era alto, de caballete; se veían unos viejos muebles de esterillas y un jergón de lona; también muchas cosas descompuestas. Todo estaba oscuro y sucio, solo una bola de estambre blanco resaltaba en el piso y unas agujas grandes, metálicas, tiradas. Era como si alguien hubiese salido corriendo y los hubiese dejado todo tirado por el piso. Una fría corriente nos subió por la espina dorsal y nos llegó al cerebro. Salimos corriendo despavoridos y gritando.
_Un muerto, un muerto, maíta...
La abuela estaba en la cocina con Lucrecia, la muchacha que la ayudaba con las tareas de la casa. Hasta allí llegamos sudorosos y pálidos. La abuela nos pidió que nos calmáramos, porque así no nos escucharía. Como pudimos, le contamos lo que habíamos visto en el cuarto de atrás. Mi abuela cruzó una mirada extraña con Lucrecia y simplemente nos dijo:
_¿Yo no les dije que no se acercaran a ese cuarto?
_Maíta, pero…
_Maíta nada. No vuelvan a acercarse a ese cuarto. Y ya dejen de tener miedo, que más daño hace una persona viva que una persona muerta. Lucrecia, ya sabes lo que debes hacer –dijo mi abuela dándonos la espalda.
En ese instante vimos cómo Lucrecia tomaba un pollo, lo agarraba por el pescuezo y le daba vueltas, para dejar que el animal moribundo brincara en el piso de la cocina con un hilillo de sangre por el pico. Ante tal espectáculo, todos quedamos callados y volvimos al patio de juego. Allí decidimos no volver más al cuarto de atrás y a no hablarle más a Lucrecia. Después de eso, Lucrecia volvía en mis sueños, callada, tejiendo ropas infantiles y matando pollos con hilos de estambre rojo.
HASTA UNA PRÓXIMA LECTURA, AMIGOS