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El viejo payaso se esmeró en hacer perfectamente y de manera graciosa su rutina. Allí, miles de ojos lo miraban sin encontrar la magia de la risa en lo que hacía. Saltaba y se caía, bailaba sin ritmo, ponía caras de asombro y gestos llenos de drama, se tropezaba con su sombra y se asustaba con los espejos. Pero los rostros infantiles eran inconmovibles.
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"Nunca había tenido un púbico tan exigente", pensó el viejo payaso tratando de reinventarse. "Los niños ya no son como antes", volvió a pensar mirando que la ingenuidad, la inocencia y muy especialmente, la capacidad de asombro eran características muy escasas en aquella época.
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De repente, el viejo payaso sintió un dolor en el pecho: seguro era un infarto. Le faltaba el aire, abrió la boca como un pez fuera del agua y cayó arrodillado con una mueca de felicidad en el rostro. El público comenzó a reírse, aquella rutina era perfecta. Los aplausos se empezaron a escuchar, también las carcajadas. Mientras el corazón del viejo payaso se rompe y él es feliz por haber hecho reír aquellos niños.