Deudas puntuales
El hombre se hizo el sordo y se recostó de una pared como si viniera cansado. La mujer siguió en lo suyo, no sin antes, con la misma madera que tenía en las manos, hacer varias cruces en la tierra. El hombre al ver esto, se rio bajito y volteó la cabeza para dentro de la casa. ¿Tú estás sola, mujer? –le preguntó con voz ronca, pero audible. La mujer echó un escupitajo negro en la tierra, al lado de ella y dijo: Sola no, estoy con Dios. El hombre volvió a reírse, pero ahora con más fuerza.
Las moscas azules se pegaban tenaces a la piel del hombre que estaba recostado en la pared con indiferencia. En el instante que el hombre se separó de la pared, un perro negro salió ladrando por la puerta de la casa, husmeando el aire, como si el hombre fuese solo una sombra. Con las patas inquietas, el pelo del cuello erizado, unos colmillos afilados en las fauces oscuras, el perro siguió ladrando. Los ladridos se multiplicaron lúgubres, rabiosos por unos instantes. El hombre, al ver al animal, se detuvo en seco. Luego, como para demostrar su poderío, hizo amago de agarrar al perro. Éste, como si de un animal más grande se tratara, se metió el rabo entre las patas, llenó la tierra de orine y salió corriendo.
La mujer al ver esto, preguntó: ¿A qué han venido? El hombre, con indiferencia dijo: es hora de cobrarte. La mujer entonces, subió el rostro por primera vez, sin fuerza y como acorralada recordó el pacto. En ese instante, con los ojos cerrados, vio clarito al hombre y a la sombra que vinieron a buscarla.