Crónica de una muerte silenciada
Caminó hacia la habitación matrimonial y dejó caer su cuerpo sobre la cama, sin reparar en las sábanas revueltas y el televisor encendido. Con la pistola en la cintura, cerró los ojos y por su mente pasó el siguiente trabajo: un empresario. La semana pasada fue un muchacho del barrio, ¿o dos? A veces hay que poner escarmiento en la zona, para que nadie cruce la línea y para que sepan quién tiene los dados del destino, piensa el hombre acostado mientras se le asoma a los labios una media sonrisa.
Tirado allí, somnoliento, no se percató en la hora ni en el inquietante silencio que lo envolvía. No revivió la mirada burlona de la anciana, madre del muchacho muerto, cuando él llegó a su casa. No apreció las sombras asomadas detrás de las ventanas oscuras que aguardan algo. Tampoco advirtió nada en la llamada extraña que su mujer hizo por la mañana para decirle simplemente que comprara la cena y que lo quería. En ese momento, pensó que las mujeres son hembras que saben marcar terreno y tal vez ya había descubierto una de sus aventuras, razonó el hombre tirado en la cama como en mitad del sueño.
En su lecho matrimonial, como no pueden hacer los verdugos, el hombre dormía con los dos ojos cerrados, sin pillar las señales que le daba la vida. Hasta allí llegó un arma traída por dos manos que apuntó justo a la cabeza. Primero un disparo, luego dos, luego vaciaron el arma. En ese instante preciso se escuchó cómo en una de las calles cercanas se formó la algarabía. Dentro de la casa, la misma mano asesina tomaba una pieza del pollo asado y afuera de la casa, una anciana hacía una mueca extraña y una lluvia menuda caía ocultando los pasos de la muerte.