Criaturas mínimas
Llega a la cocina y pone a hervir un tarrito con agua mientras enciende un cigarrillo. Fuma, baja la cabeza y se mira el dedo del pie izquierdo que sale por el hueco de su pantufla rota. Su dedo se ha enredado con pelos de perros, de gatos, de gente. Como de la nada, la mujer se achica en su sombra sin huellas en la acostumbrada acción diaria del padecimiento. Desde allí escucha el sonido de la tele y del hombre que habla. No sabe lo que habla y tampoco importa. Como extraños familiares saben que de cerca nadie extraña y nadie escucha. Se mira las manos: la casa y las relaciones, con el tiempo, pesan mucho.
Cuela el café y se fuma el cigarro mientras mira en un rincón que un grupo de hormigas lleva el cadáver de una cucaracha. Buen servicio funerario, piensa, mientras se dirige nuevamente a la sala. Allí, echado, el hombre es tan pequeño como el cuarto. La mujer no habla, él tampoco dice nada. Adelaida escucha solo el rumor de las cortinas viejas, de los cuadros que cuelgan de las paredes, el del bombillo amarillo guindado en el techo: Adelaida presiente el derrumbe.
Como autómata, se dirige al baño. Al instante que se despoja de la bata, como el guerrero que se quita la coraza, se siente indefensa y más pequeña. Se mete a la ducha y un hilo de agua marrón empieza a caer sobre ella. Adelaida piensa en ese instante en el diluvio, en tormentas eternas, en la procesión de hormigas que llevan en sus hombros el sofá donde está su esposo quieto. Y Adelaida se achica por su propio peso, con la vida amontonada, y se precipita por el hueco de la regadera sucia.