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Tal vez por eso parecía resignada a quedarse soltera, mientras que sus hermanas menores ya estaban comprometidas en matrimonio. Nadie, a pesar de que Ana no era fea, se había interesado en ella. Los hombres de su edad ya estaban casados y los más jóvenes ni la veían. Ana, entonces, parecía destinada a cuidar y proteger a sus hermanos cuando sus padres faltasen.
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Solo una vez se creyó que el destino de Ana cambiaría. Había llegado un hombre al pueblo que mostró interés en ella. Todos los días esperaba que Ana fuera al abasto, a la iglesia, al mercado para regalarle palabras galantes y tiernas que hacían que el corazón de Ana saltase de dicha y esperanza.
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Un día, resuelta, Ana pensó que correspondería a las palabras de aquel hombre y con esa intención salió. Caminó hacia la iglesia y no lo vio, también caminó hacia el abasto y nada. Cabizbaja, regresó a su casa. Con los días se enteró que aquel hombre se había ido con otra chica a la que también le "calentaba la oreja". Ana, muy apenada, mientras lavaba la losa, suspiraba porque casi comete una locura por desesperada.