Son las 5 de la mañana cuando toma el autobús para su trabajo. El café oscuro y abundante hace el milagro: la mantiene despierta. El cuerpo agotado al máximo sabe de trabajar mañana y tarde. A cierta hora, la mujer comienza a borrarse. Debe apurar el ritmo: la oscuridad detiene las unidades de transporte. A las 9 menos 10, sube al autobús que la llevará de vuelta. La mujer siente que le vienen coletazos de sueño: levita, se zambulle, tiene vuelos siderales. La mujer cae en un profundo sueño, tanto que el chofer cierra el autobús hasta mañana y ella sigue dormida adentro.
Cuando la mujer entró a la unidad de transporte, inmediatamente comenzó su discurso: Dios es nuestro salvador y castigará al impío. Pecadores todos los que no hacen su voluntad y desconocen su palabra. Ayudar al prójimo es parte de la cuota para ganar el cielo. Ante aquel sermón, las personas inmediatamente empezaron a sacar de sus carteras las monedas precisas. La mujer las recoge con cara de reproche y censura: ante las pocas dádivas, Dios no será muy bueno. Y las personas, nerviosas, ponen dos o tres billetes más como ofrenda. Cuando la mujer baja, se ríe para sus adentro y piensa que ser promotora del cielo es una buena inversión.