Escombros y Espectros

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Desperté en el frío denso y aceitoso de las ruinas de Picure, situado en lo más recóndito de Catia la mar del Estado La Guaira Venezuela, donde el aire ya no pertenecía a los vivos. El suelo bajo mis pies descalzos crujía con hojas secas y cascotes de techo desprendidos. Al levantar la mirada, me hallé en un salón colosal. Su techo ajedrezado goteaba abandono, y la luz pálida atravesaba ventanales arqueados que parecían las costillas expuestas de un animal gigantesco. Llevaba puesto mi vestido florecido, un contraste patético en medio de tanta podredumbre.

Buscando una salida, me interné en los pasillos interiores. El ambiente apestaba a humedad, azufre y velas de cebo. En una pared desgastada alcancé a leer una pintada perturbadora: un rastro de brujería que vibraba con energías bajas y densas. Me sentí vigilada por espectros sin rostro, sombras grises que se estiraban sobre los azulejos rotos de unos baños destruidos. Desesperada, me apoyé contra las baldosas frías, mirando al techo, rogando despertar.

Pero el lugar exigía un tributo. De pronto, el aire se congeló y una opresión brutal me aplastó el pecho. No era solo miedo; era una invasión. Me derrumbé en cuclillas en una esquina mugrienta, abrazando mis rodillas mientras sentía hilos gélidos trepar por mis venas. Una voluntad ajena y furiosa empujó mi mente hacia el fondo, atrapándome en mi propio ser.

La posesión fue inmediata. Mis piernas se movieron sin mi consentimiento, arrastrándome hacia un lavamanos agrietado. Me apoyé en el mármol, rodeada de cerámica rota que crujía bajo mis plantas descalzas. Quise gritar, implorar auxilio, pero mis dedos solo se aferraron con fuerza desmedida a la piedra. Ya no era dueña de mis músculos.

Mi cabeza se giró lentamente hacia la oscuridad del pasillo y, desde lo más profundo de mi garganta, brotó un susurro extraño que no me pertenecía. Estaba completamente atrapada, convertida en el nuevo envase de la entidad que habitaba las ruinas.

Escombros y Espectros | Ecency