aunque no tengas la razón:
Existe una diferencia enorme entre tener la razón y ser una persona coherente. Sin embargo, vivimos en una sociedad que exige a las mujeres demostrar constantemente su inteligencia, justificar sus decisiones y defender sus opiniones, incluso cuando tienen derecho a cambiar de perspectiva.
Históricamente, se nos ha enseñado a ser agradables, comprensivas y prudentes. Podemos ser fuertes, pero no intimidantes; independientes, pero no demasiado; inteligentes, siempre que nuestra inteligencia no incomode.
Por eso, reconocer que estamos equivocadas también puede convertirse en un acto de libertad.
La coherencia no es terquedad. No consiste en defender una postura hasta las últimas consecuencias para proteger nuestro orgullo. Consiste en mantener una relación honesta entre nuestros valores, pensamientos y acciones.
El feminismo también necesita autocrítica
El feminismo no significa tener siempre la respuesta correcta ni poseer una superioridad moral por ser mujeres. Es una herramienta para cuestionar las estructuras de poder, pero también para revisar nuestras propias contradicciones.
Podemos hablar de sororidad y juzgar a otras mujeres. Podemos defender la libertad femenina y cuestionar las decisiones de quienes viven su feminidad de manera diferente.
Reconocerlo no debilita nuestras convicciones: las fortalece.
La sororidad no exige pensar igual, sino reconocer que ninguna mujer necesita compartir nuestras ideas para merecer respeto.
El derecho a equivocarnos
No necesitamos ser infalibles para ser escuchadas. Tampoco debemos convertir cada desacuerdo en una batalla por demostrar nuestra inteligencia.
Tenemos derecho a cambiar de opinión, aprender, cuestionar nuestras creencias y abandonar aquello que ya no representa nuestros principios.
Una mujer empoderada no es aquella que nunca retrocede, sino aquella que tiene autonomía suficiente para decidir cuándo mantenerse firme y cuándo evolucionar.
La verdadera coherencia
No quiero una coherencia que me obligue a permanecer inmóvil. Quiero una que me permita crecer sin traicionar mis valores.
No necesito ganar todas las discusiones ni imponer mi pensamiento. Necesito conservar la libertad de construirlo, revisarlo y defenderlo.
Porque la verdadera fortaleza no está en fingir que nunca nos equivocamos.
Está en tener la honestidad de reconocerlo sin sentir que perdemos nuestra dignidad.
La libertad femenina también consiste en pensar, disentir, equivocarnos y transformarnos sin pedir permiso.