Cuando el agua llega a las tres de la mañana
Estaba durmiendo tranquila… o, mejor dicho, intentando dormir. Porque después de casi 60 horas sin corriente, dormir deja de ser una necesidad y se convierte en un lujo. El calor se pega al cuerpo, los mosquitos hacen fiesta y uno da más vueltas en la cama que un trompo. Cierras los ojos con la esperanza de que el cansancio venza al calor, pero el sueño parece haberse mudado para otra casa.
Y de pronto… cuando el reloj marcaba las tres de la mañana… se escuchó ese sonido bendito.
¡Glug... glug... glug...!
Ese ruido que para cualquiera puede pasar desapercibido, pero que para un cubano significa esperanza. No era un fantasma, no era un ladrón, no era el viento.
¡Era el agua entrando por la tubería!
En ese momento el sueño desapareció. No hizo falta que cantara el gallo ni que sonara una alarma. Estoy convencida de que si alguien hubiera mirado desde un satélite, habría visto a todo el barrio despertando al mismo tiempo.
Parecía que alguien había gritado:
—¡Llegó el pollo por la libre!
Las puertas comenzaron a abrirse una detrás de otra. La gente salió con los ojos pegados, las chancletas cambiadas de pie, el pelo parado como si hubiera discutido con un ventilador roto. Un vecino cargaba dos cubos, otro una palangana, una señora llevaba un pomo viejo de mayonesa, otro apareció con una olla enorme porque aquí cualquier recipiente sirve cuando el agua decide aparecer.
Porque sí… en Cuba el agua no llega.
Se aparece.
Como ese familiar que nadie espera y toca la puerta a la hora de la comida. Sin avisar, sin horario y siempre cuando uno menos lo imagina.
Yo también salí corriendo con la manguera en la mano diciendo:
—¡Caballero, que esto no se puede perder!
Mientras el agua llenaba poco a poco los tanques y los cubos, pensaba en todo lo que somos capaces de hacer los cubanos. Nos acostumbramos a vivir pendientes de una corriente, de una llave, de una tubería. Organizamos la vida alrededor de aquello que debería ser normal.
Y, sin embargo, seguimos adelante.
Nos reímos de nuestras desgracias para que no nos derroten. Hacemos chistes mientras cargamos cubos, conversamos con los vecinos en plena madrugada y hasta compartimos una manguera si hace falta. Porque cuando uno tiene poco, aprende que compartir vale más que guardar.
Miré alrededor y vi rostros cansados, sí, pero también vi personas ayudándose unas a otras. Un muchacho cargaba agua para una anciana. Otro vecino sostenía una linterna para que alguien pudiera conectar la bomba. Nadie preguntaba por ideologías ni diferencias. En ese instante todos teníamos el mismo objetivo: aprovechar cada gota.
Y pensé que esa también es la verdadera riqueza de este pueblo.
Podemos pasar horas sin electricidad, días esperando el agua y semanas enfrentando dificultades que parecen no terminar nunca. Pero hay algo que todavía nadie ha podido quitarnos: la capacidad de levantarnos una vez más.
Aquí quizás no siempre hay corriente… pero sí hay energía en la gente.
Quizás falta el agua… pero nunca falta el espíritu.
Y aunque muchas madrugadas sean oscuras, el cubano siempre encuentra la manera de alumbrar el camino, aunque sea con un cubo en una mano y una sonrisa en la otra.
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