Forajido plumífero, una vez más,
regresaste para clamar lo sacro de mi vida,
pese a que en tregua, te propuse distancia,
sin embargo, has hecho tu guarida en mis tinieblas
y en el canto chirrido de mis lágrimas,
hallaste un nido donde te gusta croar.
Allá afuera, en el bosque,
junto a un fresco sepulcro
que recién has petrificado,
tú posas, tú pisas, tú pasas,
para volver más agrestes a las sombras.
El aliento vaporoso que traspiras,
como el humo de un cigarrillo,
es el toque de diana para una exhalación
que añora sus habituales bocadas de aire.
Tu azabache presencia
me tiñe de rojo una vez más.
La lección es sencilla y aún la repruebo,
porque sé que la calma que hallo en tus ojos
se volverá angustia, nervio y ansiedad
pero, sobre todo, me invadirá
con un nuevo vacío,
sin que te importe que, todavía,
no hallo cómo coexistir
con las otras ausencias.