Tener ética en un mundo donde se ha perdido ese valor es, sin duda, algo difícil. Las malas conductas se contagian más rápido que el Corona Virus y uno se siente extraño, con síntomas de anonadado cuando premian la mediocridad y no los buenos hábitos.
Ojalá las cosas buenas y lo positivo se esparcieran con esa facilidad. A veces, no basta solo con dar el ejemplo, no porque uno aspire a una dádiva por actuar correctamente, pero hay mucha ironía en ver que la igualdad no permite que nadie sobresalga por algo bueno y tampoco que nadie sea señalado por algo malo.
Es decir, desde ese pensar socialista todos somos exactamente iguales.
Con base a esa premisa, todos somos unos genios y todos somos unos mediocres, todos somos artistas y ninguno lo es. ¿Qué ánimo le dan a los creadores de esforzarse y ser excepcionales? Poco, realmente muy poco.
Queda de parte de cada quien saber de qué forma quiere permanecer en los corazones y pensamientos de la gente, si como un oportunista que le da igual ser o no ser, o como alguien cuya perspectiva y juicio sea incorruptible y sea fiel a ser un buen algo.
Si aspiras a lo bueno, tienes la obligación moral de pretender ser excelente, solo ese deseo inspirará a otros y esa será la cuota de la buena divergencia que debería tener cualquiera que no sea conformista.
Señores, no sean uno más del montón, dejen que sus pasiones los impulsen siempre y aunque a veces no haya justicia de mérito, te aseguro que teniendo claro el rumbo, llegarás a tu distinción.
Cuando lo logres, aquellos que se conformaron con ser solo uno más, te mirarán en la cúspide y, entonces, quizás, decidan emprender el ascenso para repetir o superar tu hazaña.
En mi caso, créanme que he intentado ser común y corriente y gracias a mí mismo he fracasado, por eso decidí escribir esta reflexión. Prefiero ser exactamente desigual a aquellos que se rinden o bajan su correcta pretensión y por esa decaída son consumidos por el sistema.
Si no vas por todo ¿a qué vas?
Selfie de mi autoría
Nikon D5200 | 35 mm