Me veo a mí mismo
y no comprendo lo que veo. Hay días en que el raciocinio no me permite identificarme como un alguien simple, ni siquiera como una cualquiera cosa, o un algo, este lo que sea que soy.
¿No les ha pasado?
Rotundo es el pésame cuando creo que una parte de mí, murió. Se me nota. Me siento moribundo y veo en letargo como dejo, poco a poco, de ser quien fui. ¿Quién soy? La respuesta es tan confusa como mi imagen.
¿Lo notan? ¿Acaso, se dan cuenta?
Esto que ven ustedes es lo más parecido a como me siento. Tengo pesadez en la identidad y es borrosa la calma del agua donde rebota mi imagen, nunca se detiene, jamás está tranquila -ni mansa- la corriente para poder verme a mí mismo como soy en verdad. No obstante, sí logro ver siempre como me siento; turbulento y caótico, aun cuando finjo que alrededor de mí nada está en movimiento, nada se mueve, pero dentro de mi cabeza, la velocidad para desdibujarme es abismal.
Es extraño. Es triste. Es lo que es. Es una mierda.
No hay dogmas de sanos juicio cuando te empiezas a derrumbar y tienes el coraje envalentonado para juzgarte y no para ser compasivo contigo mismo.
Lo cierto es que
me sobran agallas para decirme cuán frágil soy, es que lo soy, más desearía tener esa determinación de sensaciones para pensar lo contrario, que soy alguien perfectamente visible y entendible en mi aspecto.
Tengo dos ojos, una nariz y una boca, pero sucede que, a veces, no comprendo ninguno de mis rasgos coherentes; esos que todos ven, no los veo. Solo tengo encima de mí las nebulosas de mi fracturada identidad, pero no es la misma que está expuesta ante los demás y eso no lo internalizo..., ninguno me observa según como yo me siento, o me veo; es tan vulgar la patraña de ese sentimiento que creo que todos ven con horror las manchas de mi mente retorcida en aquella faz que solo titila en
¿Quién diablos soy?
¿Quién o qué soy yo?
...
...
Solo sé que llega un momento
en que dejo de ser alguien que luce normal, que deja de ser normal, porque comienzo a creerme que luzco tal cual me siento y es culpa de las cataratas de mis pensamientos que me tuercen la cara con oscuridad para desdibujarme, para destruirme antes mis propias pupilas, para cambiarme el semblante por uno que no es parecido al que miro en las aguas turbulentas de los espejos. Ocurre así la amnesia de mi vanidad y por ello me auto convenzo de que me desconozco; por ello me miento, porque mi pensar ya no es cauto en ser descaradamente endeble, mis ideas son corrompible por lo que imagino que veo, pero es debido a no saberme ver, al no recordar cómo merezco mirarme.
¡Qué crueldad esto! Duele mucho. Quema en demasía. Asfixia y debes respirar. Disimulo que estoy bien...
No... No, bien... Bien no. Bien no estoy. Estoy bien, no. Estoy no bien no. No estoy bien...
Desvanecido
-una vez más- regreso al laberinto de mi mente buscando mis yo, cazo mis propios yo entre antifaces desgastados de mis tergiversados aspectos y debo -al menos trato- ponerme los cinco sentidos en los gestos y que así no se me note tanto que, a veces, no se quién he dejado de ser y luego tampoco me acuerdo de quién soy.
Ahora mismo
...
soy este lo que sea que soy, esto que en retratos observan y ustedes intentan armar,buscando coherencia al construir a una persona; al querer -igual que yo- armar a esto que ven y no identifican.
Sí,
así de tétrico y confuso es este infierno de no tener claro dónde debo tener puesta la mirada para verme a mí mismo como desearía y como realmente
Fotos de autorretrato
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