Los primeros científicos eran también filósofos. Se puede decir que la madre de la ciencia es la filosofía. Las primeras preguntas filosóficas dieron como consecuencia el arranque del conocimiento científico. ¿Por qué el sol hace ese recorrido? ¿Por qué la luna tiene otro recorrido? ¿Y las estrellas? ¿Cuál es el elemento más pequeño de la materia? ¿Por que sube y baja la marea? ¿Por qué se queda embarazada una mujer? No en vano los primeros filósofos también eran matemáticos y buenos observadores de la naturaleza.
La ética, como la ciencia, también es hija de la filosofía. La moral, derivada de la ética, está determinada por una cultura concreta, en un lugar determinado, en un tiempo determinado. La ética, sin embargo, es universal y está determinada por el grado de consciencia. Así, a mayor consciencia, mejor criterio ético.
Un avance en el conocimiento siempre es beneficioso, porque supone un avance, un progreso. Excepto, claro, que atente contra principios éticos universalmente establecidos. Por ejemplo, podría ocurrir que algunas aplicaciones de ciertos avances científicos sean potencialmente regresivas, porque den lugar a aberraciones éticas, especialmente las relacionadas con los avances en materia genética.
Si no hay progreso coordinado entre ciencia y ética no hay progreso, y puede haber destrucción.
Para evitarlo tenemos la filosofía, que nos amplía la consciencia, nos dota de mayor claridad aplicada a la ética, y por lo tanto nos permite seguir el camino de la evolución científica de modo fluido e ininterrumpido.
La ciencia y la ética como hijas de la filosofía, que es fuente de ambas y referencia constante que permite su avance armónico.