Este dinosaurio,
siempre va acompañado,
por un caballo claro,
que encontró en algún lado abandonado.
Le dio agua,
también galletas avainilladas,
lo milo por un rato,
luego lo guardo en un frasco.
Llamó a las libélulas,
para que en el frasco permanecieran,
así el caballo estaría acompañado,
mientras él descansaba un rato.
Lo más bonito de la historia,
es que juegan a todas horas,
algunas veces entre botellas de agua
que los hace ver de formas extrañas.
Fin
Créditos: Margarita Palomino