La vida es injusta,
hasta con ella misma.
Se rompe en sus propios espejos,
ensayando una orden
que nunca cumple.
Promete pulpa en la semilla
y entrega un fruto seco por dentro.
Abren sus manos para dar calor
y entre sus dedos
se desangra el tiempo.
La vida mira al otro lado
como si ahí estuviera su rescate,
pero no hay otro lado:
solo este eco que regresa
con otro nombre,
la misma herida.
Construye casas en la tierra fértil
y siembra ruinas en los calendarios.
Te llama por tu nombre
cuando ya no recuerdas quién eras.
Y uno sigue,
con el contrato roto entre los dientes,
sin juez,
sin aplauso,
sin venganza.
Solo esta fidelidad absurda
a lo que nunca cumple,
lo que escribe.