La tecnología nos permite guardar recuerdos en el tiempo que nuestra memoria, por si sola, no podría. Y no solo eso, también nos permite compartirlos con casi cualquier persona en el mundo. Esto es un gran avance, por supuesto ¿Pero hasta qué punto?
Siempre hemos escuchado que todo en exceso es malo, y esta no es una excepción. Compartir lo que nos está sucediendo (a través de fotos o texto) se ha convertido en un ritual, y gracias a ello, las redes sociales tienen ya tanto éxito que son casi una parte fundamental de nuestras vidas, algo así como una nueva extremidad del cuerpo. El problema es que las redes eran el medio para nosotros, y ahora nosotros somos el medio para las redes.
Hay una escena muy común que ejemplifica esto bastante bien: un adulto compartiendo una foto de un niño, su hijo tal vez, junto con un escrito que expresa lo orgulloso y feliz que se siente a su lado, mientras que el niño demanda atención a gritos porque el adulto está perdido en su teléfono celular. Creo que como este adulto, existen muchísimas personas que evidentemente hemos perdido el rumbo en algún punto del camino y olvidamos que no podemos estar en dos lugares al mismo tiempo, porque cuando nos acercamos a unos, nos alejamos del resto.
Con respecto a esto, Diego de 12 años me contó lo siguiente:
‘‘A mi no me gusta cuando mi mamá tiene el teléfono porque le digo y le digo cosas importantes y ella no me presta atención, como si no le estuviera diciendo cosas importantes, no puede ser’’
Por otro lado, muchas de las veces que interponemos la cámara entre una situación importante y nosotros, nos perdemos montones de detalles (aromas, sonidos, luces, personas, etc.) que complementan la escena, porque nuestra atención se divide en dos. De esta manera se simplifican las experiencias, las sensaciones, porque la capacidad de un lente no está ni cerca de igualar a la de los ojos junto con el resto de los sentidos.
Esta foto la tomé en la feria de las flores (Medellín, 2017). Yo no podía ver nada porque había mucha gente y mi estatura no me ayudaba, así que tuve que conformarme con ver a través de las cámaras de los demás. Lo curioso es que, por alguna razón, ellos también estaban viendo a través de sus cámaras aunque tenían la posibilidad de ver el evento en vivo.
Por último, quiero aclarar que no estoy en contra de la tecnología, en absoluto (mucho menos de las cámaras, me encanta la fotografía y la aprecio), simplemente creo que hay que utilizar estas herramientas con responsabilidad.