Los trabajadores del infierno - Primera parte

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Los trabajadores del infierno


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¿Alguna vez te ha embargado un odio tan profundo que sientes la sangre arder y tu respiración acelerarse al ver a esa persona odiada? Es odiar su presencia, su voz, que el simple hecho de escuchar su respiración despierte en ti las ganas de borrar su existencia de la faz de la tierra. Si es así, sabrás que cuando has llegado a ese punto, es muy difícil darle vuelta a la situación y regresar atrás, o girar hacia otro camino. Existen diversos motivos por los que algunas personas nos caen mal o caemos mal, pero es muy diferente esto a cuando alguien te da o das una razón para despertar un odio que antes no existía. A veces nos ganamos a pulso ese sentimiento autodestructivo.

Porque has de saber que cuando una persona odia tan profundo, con tanta obsesión que le cuesta respirar, no es sin razón alguna, apartando a esa gente loca que ha vivido su vida con un racismo absurdo por cualquier cosa que les venga grande. Cuando el odio es personal y te sale del alma, no hay un motivo pequeño detrás, en resumidas cuentas se trata de que te han herido. Te han herido tan profundo que las acciones dejaron cicatrices que no sanan, se quedan adornando tu mente y siguen doliendo a través del tiempo, por mucho que haya pasado. En cierto modo es peor cuando estas heridas son o fueron producidas por un ser amado, uno en el que confiabas. Es un proceso doloroso, pero no imposible: que el amor llegue a transformarse en odio.

Así lo imagino y llego a recordarlo, como una víbora clavándote los dientes e inyectándote veneno. Lo más insoportable y que te lleva al borde de la locura es cuando tienes que ocultar ese odio, cuando intuyes que va a horrorizar a todos y te van a censurar, y no podrás resistir que te digan que estás mal, que a esa persona no se le odia aun cuando existan razones que justifiquen tu sentir. Compadezco, y de corazón, a quien haya tenido que callar sus sentimientos y fingir que no existían; a quien no haya podido gritar su frustración y dolor y ser recompensados por ello con algún pequeño alivio del alma; a quien vivió una guerra consigo mismo en estricta soledad; a quien el odio haya devorado en sus fauces putrefactas y se les devolvió el sentimiento como un espejo cruel en el que verse manchado y con asco.

Porque no, no son los demás los que te censuran primero. Los que afirman que está mal sentir ese sentimiento. La primera persona que se encarga de negarlo, esconderlo y al fin, cuando no hay más remedio que reconocer su existencia, aborrecerlo y escandalizarte, es uno mismo. Eres la primera persona en sentirte despreciable aun cuando no hayas hecho nada más que sentir de forma justificada y es por ello que no lo olvidas, porque sabes que existe una razón de tu parte. Una vez aceptado esto, que odias, de algún modo lo hace más soportable, pero no más fácil. Oh, no, fácil no.

Pienso en todo esto con propiedad, porque alguna vez fui preso de ese sentimiento, aunque no es por mí por quien evoco todos estos recuerdos. En aquella historia yo era la víctima, pero en esta no lo soy, aunque me gustaría. De verdad me gustaría serlo. No para tener un motivo por el cual justificar mis acciones, sino para salvarla a ella. Salvarla de ese destino podrido, de su odio, ese que cultivó gracias a mi miserable trato y torturas constantes. Porque hay algo que nadie te dice: y es que el odio hace más daño a quien lo lleva en la sangre que a la persona odiada, sobre todo si no se expresa y se deja guardado, si te obligan las circunstancias a seguir viendo a esa persona diariamente. Fui yo, queriendo salvarla, quien se encargó de destruirla. Había entendido todo demasiado tarde, o quizá nunca quise verlo. Pero me obligaron.

Ese día salí de casa antes de que el sol del amanecer despuntara en el cielo, la oscuridad poblaba las calles y el frío de la madrugada dolía. Aun así no era temporada de frío y por eso no llevaba puesto ningún abrigo, lo que me dejó en desventaja cuando empezó a caer una fina llovizna que pinchaba como agujas de hielo. Resulta ridículo que mencione estos detalles, pero eso era lo que mi mente reproducía una y otra vez las horas posteriores al secuestro. El mundo de afuera que anhelaba y ya no volvería a ver.

En ningún momento nada me había parecido extraño o diferente a lo habitual, me fui por la ruta esperada, haciendo una parada en un refugio del cual resguardarme de la lluvia y me disponía a recorrer los últimos tramos que me separaban del edificio donde trabajaba cuando me propinaron un golpe en la cabeza que me hizo perder el conocimiento. Así fue como estuve a su merced.

Cuando desperté, ya estaba encadenado y preso en una oscuridad que me desconcertaba. No me habían puesto una mordaza, lo que significaba quizá que estaba en un sitio donde nadie podría oírme. De todos modos tuve que hablar, preguntar, maldecir, gritar. Pero nadie respondió. Hubiese pensado que me habían abandonado allí como cualquier cosa insignificante de la que encargarse si no hubiese sido porque podía sentir una presencia silenciosa envuelta en la oscuridad.

—¿Qué hago aquí? ¿Qué quieres? —rogué que contestaran a mis preguntas, pero cuando las luces se encendieron para iluminar precariamente la estancia, quien quiera que hubiese estado ahí había desaparecido.

A pesar de la iluminación triste y fría de las bombillas, el cuarto donde me tenían todavía conservaba una oscuridad insondable, profunda, que no parecía provenir de este mundo. Tuve la sensación de que las sombras no se disiparían ni aunque las apuntasen directamente con un foco. No estaba equivocado, solo que en ese momento no lo sabía. Aquellas manchas corruptas no procedían de este mundo.

No recuerdo que mi corazón no haya dejado de agitarse como un ave enjaulada ni una sola vez desde mi despertar en aquel cuarto oscuro, pero en cierto modo esos latidos se hacían más sonoros y dolorosos en aquel silencio. Insoportables.

Las luces que habían encendido no alcanzaban para alumbrar mucho, pero pude notar que fuera del pequeño cuarto donde me encontraba, había muchos más espacios que me rodeaban, separados de mí por una tela metálica que no me dejaba ver mucho más allá. El piso estaba húmedo y brillante por pequeños charcos que se esparcían por todas partes; la tela metálica que me separaba de las otras áreas estaba manchada y daba la sensación de que no solo dejaba colar el frío por sus agujeros sino que lo emanaba de sus hilos de metal; diversos olores se mezclaban y difícilmente podía distinguir unos de otros, pero entre ellos creí reconocer el de excrementos, animales de carga y sangre.

Y estaban las máquinas sucias. Estáticas e insonoras, custodiándome como guardianes de acero. La presencia de estos artefactos revolvía mi imaginación y mis miedos, pero mi horror y desconcierto creció más cuando miré los dibujos. Algunos estaban muy lejos para detallarlos bien, pero no hacía falta verlos para saber que contenían la misma temática de los que sí podía ver bien.

Piezas. Eso contenían. Piezas discordantes y repugnantes, de diversas formas, tamaños y funciones. Todo muy bien especificado. No eran elegantes, con acabados bonitos y pulcros, sino repulsivas, como si hubiesen sido concebidas para cortarlas a tajos y unirlas en una chapuza para aterrorizar a cualquiera. Piezas para ensamblar cuerpos, que no hubiese podido imaginar ni en mis peores pesadillas. Un brazo que iniciaba como cualquier otro y se deformaba a la mitad, convertido en pinzas tan largas que se arrastraban como una cola; ojos que parecían una cicatriz abierta y sangrante, por donde se lloraba una baba que caía en cascada y nunca tenía final; piernas con tentáculos y ampollas supurantes; un miembro eréctil con ojos muertos y henchidos hasta casi explotar. Piezas y más piezas, esperando ser creadas, utilizadas, combinadas, ensambladas.

¿Qué mierda era todo aquello? ¿La obra de un loco metido bien en su papel de científico siniestro? ¿La recreación de un escenario que me asustara? No solo estaba aterrorizado, sino confundido. No concebía a nadie dibujando todas esas cosas para pegarme un susto, había maneras más «normales» de atemorizar, pero algo me decía, por improbable, loco y estúpido que pareciera, que esos dibujos no los había trazado un chalado. Alguien siniestro y que ha visto cosas desconocidas para los ojos humanos sí. Lo peor de todo era tener la certeza de que no eran simples adornos, ni pretendían quedarse allí sin cumplir ninguna función.

De pronto empecé a escuchar ruidos, como si hubiesen puesto a funcionar una fábrica dentro de aquel sitio. Había ajetreo de pasos, voces, máquinas funcionando. Grité, aunque no creo que él hubiese aparecido en el umbral de la puerta para atender a mi llamado, solo era la hora. Al principio creí que se trataba de un hombre común y desconocido. Era alto, delgado y vestía con una camisa negra sencilla que dejaba ver un cuerpo en forma. Su piel era muy blanca, y sus cabellos de colores grises pese a que era joven, o eso parecía. Lo único extraño y que lo diferenciaba de un ser humano eran sus ojos. Negros y sin fondo, donde de vez en cuando rugía un destello rojizo. Quise ignorar este hecho y me convencí de que me estaba imaginando esas señales inhumanas de aquel cuerpo tan normal.

Pasó por delante de mí sin dirigirme ninguna palabra. Observaba aquí y allá, escribía anotaciones, revisaba las máquinas. Quería hablarle, llevaba rato queriendo hablar con mi captor, pero no fui capaz de decirle nada. No hizo falta que iniciara la conversación, porque de pronto terminó con lo que estaba haciendo y se volvió para mirarme, posando sobre mi rostro sus ojos sin fondo. Una sonrisa genuina afloró de sus labios.

—Bienvenido —dijo, casi con alegría—. Eres de los pocos afortunados que formará parte de este nuevo proyecto. Algo bueno, sin duda —pareció pensárselo mejor—… bueno, depende del punto de vista desde el que se vea.

—¿De qué estás hablando?

—Tranquilo, no hace falta apurar las cosas. Pronto lo sabrás. Sé paciente.

Se marchó y me dejo solo de nuevo, tratando de asimilar, comprender y buscarle algún sentido a sus palabras. «¿Proyecto?», pensé, repitiendo la palabra que había utilizado para designar aquello una y otra vez. ¿Por qué no secuestro? ¿Venganza? ¿Recompensa? No. Había algo descomunal en todo aquello, y aunque hubiese querido ignorar mis pensamientos, no podía dejar de sentir, mientras miraba las máquinas, los dibujos y escuchaba el estruendo afuera, que sí, todo eso parecía un proyecto. Uno muy macabro.



Fuente de las imágenes:
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Próximamente la siguiente parte de esta historia, escrita por mariart1@mariart1.

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