¡Qué difícil es vestir a una muñeca!, protestó mientras tiraba otro par de pantimedias a la basura. Era el tercer par del que se deshacía, porque cuando intentaba colocarlas se rompían.
Prometió comprar unas de mejor calidad, aunque no tenía idea de cuáles podían ser. Quizá podía guiarse por el precio, mientras más caras, mejor serían. Y la marca... Se asesoraría.
Salió a la calle, regañándose mentalmente. Su ansiedad también influía al momento de intentar colocar las medias, tan apresurado por querer ver los resultados que todas habían terminado rotas en las piernas de la muñeca, y eso sí que era inaceptable. No aceptaría ningún resultado que no fuera perfecto.
Debía darse prisa... Ya se había tardado lo suyo en este preparativo, y si seguía postergando el asunto nunca lograría terminar su obra. Obra, porque aunque los demás lo consideraban como un trabajo, el lo sentía como su arte.
Obtenía dinero, pero el dinero era necesario para vivir el día a día. En cambio su arte cubría otra necesidad, esa que nunca podría llenarse con nada material, por eso consideraba el dinero como algo secundario. Él realizaba ese trabajo mayormente por otros motivos.
A veces una muñeca quedaba tan hermosa que no quería compartirla con los demás, aunque le retribuyeran. Pero luego lo hacía, aunque de mala gana. Ése era el trato.
Trataba de convencerse de que el arte debía ser compartido, admirado, visto y sentido por otras personas que aunque no lo hicieran, sentían la misma pasión... Aún así, no lograba desprenderse de esa pequeña molestia que bullía dentro de él cuando hacía eso que no quería.
Regresó con bolsas de compra en las manos, sin poder evitarlo. Había decidido vestir a la muñeca de otro modo, porque al ver las prendas en el maniquí le hicieron ver que le quedarían perfectas.
Cabello oscuro y tez clara, un color intenso le quedaría mejor que uno claro. Cerró la puerta con seguro, nadie, por el motivo que fuera, lo molestaría.
Estaba corto de tiempo para entregar el trabajo, pero no le importaba. Esta vez pensaría en él y solo en él, se concedería esas horas, lo merecía. Luego aceptaría el castigo.
Preparó el grueso vestido rojo, y al colocarlo, sintió satisfacción. Había elegido bien, la piel resaltaba con ese color. Las medias no habían sido problema esta vez, la paciencia lo ayudó. Colocó unos tacones bajos en los pies pequeños, y luego se dirigió al rostro.
La maquilló sutilmente, para hacer resaltar las cejas, las pestañas y los labios. Luego buscó un cepillo con el que se entretuvo en peinar el cabello largo y ondulado. Colocó flores y mariposas, y al terminar, contempló la obra de arte que había creado.
Buscó la cámara, estaba seguro de lograr unas fotos impresionantes. Se había enamorado del arte realizado, su preferido ante todos los demás. Aunque esto siempre ocurría con cada uno de ellos.
Antes de disparar la primera fotografía, la puerta se derrumbó bruscamente. Entraron gentes uniformadas, y lo apresaron con facilidad, debido a la sorpresa que se había llevado.
Una mujer, la jefa de los presentes, se acercó a la mesa y observó el cuerpo sin vida de Amanda Watson. Apretó los puños y le hizo una seña a los policías que habían esposado al hombre, para que se lo llevaran.
—Es ella, la encontramos. Esto va a parar al fin —dijo.
—Suerte que la encontraron lista —dijo, en voz baja, el culpable—. Saldrá bien en las fotos, gracias a mí. Aunque lamento no ser yo quien las tome, quedarían mejor.
—Sí, gracias a ti esta joven ya no tiene ni tendrá futuro.
Al salir de la casa, los policías que lo maltrataron antes de lanzarlo a la parte trasera del carro lo interrogaron.
—¿Quiénes son tus cómplices?
—¿Cómplices? No tengo. Hice esto solo.
¿Eran sus cómplices los que compraban las fotografías? No podían llevarse mérito por un arte que era de él y solo de él.
Algunos policías mostraron su alivio en forma de sonrisa. Había sido una suerte designarle este trabajo a un chiflado, puesto que aunque lo habían atrapado, no confesaría nada que involucrara a los miembros del club.
El hombre arrestado no parecía perturbado por nada, ni siquiera por el futuro que se le avecinaba. Si todo era como se lo habían prometido, saldría de la cárcel pronto, después de todo, necesitaban de él para disfrutar de unas buenas fotografías.
Tras las rejas de una prisión, un policía se acercó mientras el culpable se lamentaba de cómo había acabado todo la última vez.
—¿Interrumpo tus pensamientos? —dijo. No se le veía el rostro, por lo que el asesino comprendió inmediatamente que se trataba de uno de Ellos.
—¿Viniste a sacarme de aquí? —preguntó.
—Estás loco, no saldrás de aquí. Más bien vine a castigarte, desobedeciste al jefe, y eso lo hace enojar. Mira que mandarme hasta aquí...
El asesino no había imaginado que lo que le quedaba de vida lo viviría tras las rejas, y ahora que lo hizo, entró en pánico, pero no quiso demostrarlo delante de aquel servidor.
—¿Así que el castigo de tu jefe es dejarme aquí encerrado, no? No es un hombre de palabra. Prometió... Bueno, no importa. Yo sé que nadie podrá reemplazarme, no hay nadie que haga Ese trabajo como yo.
El policía soltó una carcajada.
—Tienes razón. Esas fotos tenían magia, eso no se puede negar.
—¿Por qué te ríes? —preguntó, enojado.
—Me río porque dices unas cosas graciosas, pero déjame corregirte. El castigo de mi jefe no es dejarte aquí, el castigo fue traerte aquí para que fueras encerrado.
El asesino se levantó, dispuesto a golpear las rejas y si podía, matar a aquel desgraciado que había ido a burlarse de él.
—Y lo segundo y más importante: ya tenemos un reemplazo para ti. ¿Creíste ser el único loco que hay allá afuera?
Dicho esto, se alejó. El asesino empezó a golpear las rejas con toda su fuerza. Quizá era cierto que muchos harían su trabajo, pero ninguno lo haría como él, y eso, a sus ojos, era intolerable, aún más que el encierro y la muerte.
Gritó, lloró, se hizo daño al dar patadas y puños en la minúscula habitación. ¿Quién se atrevería a manchar su arte? Y, como no había forma de obtener respuesta, empezó a planificar qué haría a partir de ese momento.
Quedarse de brazos cruzados no era una opción.