Me sentí aislada, en esa habitación gigante en la que no parecía haber espacio ni un poco de oxígeno para respirar. No era la primera vez que las palabras que decía salían disparada como flechas, no obstante, solo eran pequeños fragmentos de un mundo podrido que seguía ahogándome.
Pero conservar el cementerio de las palabras nunca dichas era más doloroso. Cualquier enojo, dolor o frustración generaba una abertura por la que el veneno contenido empezaba a derramarse e infestaba el resto del cuerpo. La mente no salía ilesa, la cabeza, los hombros...
Cada parte arrastraba las consecuencias de haber echado un vistazo a ese lugar escondido que no tuvo oportunidad de salir ni ser comprendido. Ese que guardaba las injusticias presenciadas y vividas, que cargaba con el peso de las tristezas repentinas, que había sido el escondrijo de la ira sofocada.
Que cargaba con el llanto silencioso de las madrugadas, que llevaba por bandera el luto de las ausencias, que tenía en cada rincón el anhelo que dejaron las pérdidas. Que hacía que ciertos asuntos «de importancia» carecieran de ella, que cebaga y a la vez hacía desarrollar un nuevo modo de ver.
A veces, el cementerio de letras salía de un modo pacífico (aunque no fácil) y se conviertía en tinta y frases que ayudaban a reducir el peso del mundo que cargaba en los hombros. Entonces la habitación desaparecía, el oxígeno regresaba, el monólogo sin fin de la cabeza se calmaba a medida que las palabras eran plasmadas en el papel.
Otras veces era el silencio el que predominaba, y el arte se quedaba atascado en la cabeza, existiendo sin ser visto, como todo lo demás. Una línea invisible que me separaba de los demás, un secreto que vivía en el corazón.