Fuente: Archivo Personal
De pronto, tal vez viendo a los turistas pasar y no detenerse, empezaron a tocar un tango. Inmediatamente, muchas personas se pararon en frente de este trío. El chico del acordeón se lució y la pandereta fue un excelente acompañante.
Una caja con sus discos, hechos en casa, estaba abierta para la venta. Y una gorra colocada en el piso aceptaba cualquier colaboración que alguien quisiese dar.
Yo me quedé hasta el final. Conversé con Gastón, el que tocaba el clarinete. Él había estudiado música y tocaba varios instrumentos de viento y percusión. Me ofreció un mate mientras me contaba que él sabía de lenguaje musical y era el principal de la banda. Nunca audicionó para estar en una orquesta o sinfónica, me dijo con una sonrisa sincera. Les iba bien con sus toques en las aceras de San Telmo y eso les daba para vivir y ser felices.
Cuento esta anécdota porque con esta foto he recordado a tantos amigos músicos que tocan en la calle entregando su arte, muchas veces, a personas sordas. Ellos, mis amigos, son personas con mucho talento artístico pero que, por una u otra razón, no han podido grabar un disco en un estudio o no han tenido un buen agente que les gestione sus carreras.
Doy, desde aquí, un aplauso sonoro para todos estos jóvenes (y no tan jóvenes) que con su música alegran nuestras vidas una tarde o una mañana. La acera de la felicidad puede estar en nuestro camino sólo debemos saber escuchar, compartir y dar.
Una feliz semana para todos.