Era la primera vez había viajado para Caracas a un Festival de Cine de cortometrajes. Me encontraba en el Ateneo y me sentía que estaba en Hollywood. El inicio del documental me atrapó.
Se trataba de una película francesa y el idioma original era el francés, por supuesto. Ya había aprendido a leer rápido los subtítulos aunque podía comprender ciertas oraciones del idioma galo.
La película se trataba de una entrevista a una poeta caribeña que recién había recibido un premio de literatura. Primero el entrevistador saludó a la escritora y leyó, de una libreta que llevaba en sus manos, la obra de la galardonada.
Luego, con pausa, y hasta cierto punto con cizaña, le preguntó acerca de su juventud en la tierra isleña. La escritora, quizás acostumbrada a este tipo de preguntas, cruzó una de sus piernas, y contestó.
-Eso fue hace tantos años. Fueron mis inicios en la literatura. La ciudad era gris como París, así que no son muy diferentes.
En ese momento me di cuenta que no había visto el nombre del documental, y que aunque el entrevistador había leído la obra literaria de aquella mujer yo me distraje viendo el set cinematográfico.
Imágenes de una ciudad abandonada complementaban el parlamento de la poeta. Algunos carros de los setenta entraban en foco y un malecón salpicaba tristeza. También, fotografías, tipo postales, con casinos y palmeras iban al compás de la descripción de aquella mujer.
Creo que en algún momento el entrevistador la llamó Lucía al tiempo en que le insistía en su juventud y no en la ciudad.
La cámara hizo un paneo por la biblioteca que se encontraba en esa misma sala. Lucía le respondió con una pregunta -¿qué exactamente quieres saber?
El filme era extremadamente lento y yo no estaba acostumbrada a ese tipo de cinematografía. Lo intimista era evidente con los planos cerrados que descubrían las piezas que estaban en una mesa cerca del sillón. Los dedos de Lucía estaban inquietos deslizándose por el libro que había apoyado en sus piernas y un plano de detalle lo mostraba.
-¿Usted golpeó a alguien, alguna vez, mientras estuvo en la isla?, preguntó el periodista.
-Sí. No solo a una persona sino a varias personas. Cuando te encuentras en un lugar en donde estar en contra del sistema no es lo correcto y todos patean, tú también lo haces. En aquellos años yo empezaba a escribir mis poemas e iba para la universidad. Había, a veces, tumultos y siempre alguien estaba en el suelo de la calle siendo golpeado por los agentes de seguridad. Luego, lo hacíamos nosotros.
-Pero, usted comprende que eso era una barbarie.
La cámara mostró en primer plano al hombre sereno que insistía con lo humano. Inmediatamente, un contraplano mostraba a Lucía colocando el libro en la pequeña mesa que estaba al lado del sillón y agarrando una cajetilla de cigarros.
-¿Puedo? Dijo ella mientras sacaba un cigarrillo y lo colocaba entre sus dedos.
-Sí, claro. Contestó él.
En ese momento muchas personas empezaron a salir de la sala de proyección. Escuché un “yo no vine aquí para ver esto”; “es un insulto a mi inteligencia”, dijo otro.
Yo seguía allí, absorbida en mi butaca queriendo descifrar el final antes de que sucediera.
La entrevista tuvo un giro hacia lo literario y fue muy reconfortante. La escritora describía, con algunos juegos de palabras en francés, que yo no comprendía, algunos versos de su última obra. Hubo algo en la traducción que impidió comprender la mueca de sonrisa que se vio en la cara del periodista.
Ella estaba más relajada y habló sin pausa hasta que su parlamento fue en español. Allí, la detuvo el periodista y le indicó que había cambiado de idioma.
No sé porque no editaron esa parte, hasta muchos años después.
El libro de poemas que había ganado el premio se titulaba ¡Haz lo correcto! Lucía leyó algunos versos del libro, mientras el plano cinematográfico se posaba en sus labios. Las postales volvieron a aparecer acompasadas con la voz marina de la autora.
De pronto, el silencio. Breves segundos de una música de fondo sin parlamento. Se abrió el plano y ella calló. Las pupilas de sus ojos se quedaron fijas en el libro pero no dijo nada. Cerró el libro.
-Hice lo literariamente correcto para mostrar los sonidos de dónde provengo y que me definen; la tragedia aún persiste. Todos aplauden, ¿qué aplauden? Hubo una pausa. Lo que salvó mi vida posiblemente, hoy, salve a otros; porque ¿qué es la literatura sin humanidad? Papel y letras, nada más. ¡Hice humanamente lo correcto! (suspiro).
Empezaron a salir los créditos, y yo estaba allí oyendo la música iba in crescendo. La poeta se levantó del sillón y caminó hacia el ventanal. La cámara la siguió y la dejó a cuadro, del lado derecho. Un zoom in redujo el plano; solo quedó su rostro de perfil con una lágrima escurriéndose lentamente hasta sus labios cerrados, pintados de rojo, que se confundía con las gotas de la lluvia parisina de aquella tarde.
Cuento @marcybetancourt
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