El viaje – Cuento breve

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EL VIAJE



Se había subido al autobús con una sensación de liberación. Vestida de negro, de pies a cabeza, no pasó disimulada entre otros los pasajeros de Las Mercedes del Llano.


Doña Emeteria del Carmen González Fernández viuda de Alberto Patiño era ahora una mujer sin ataduras maritales. Una maleta mediana era su único equipaje donde llevaba sus artículos personales más indispensables.

El poco dinero ahorrado, durante años, lo había colocado en su sostén porque ni siquiera tenía un bolso de mano. Llegar hasta Naguanagua era su máxima ilusión en ese momento.

Emeteria del Carmen había nacido en Santa María de Ipire, al igual que sus otras cuatro hermanas. Su infancia regresaba a sus pensamientos en la medida en que el autobús iba pasando por los paisajes llaneros.

Ella era la tercera de la prole de Carmen y Pedro, sus padres. Le gustaba ir a la escuela y jugar con los animales de la granja que había en su casa. Pero cuando terminó sexto grado no la inscribieron en la etapa siguiente porque ella era más útil haciendo los oficios de la casa.

Estaba muy pequeña para comprender las grandes responsabilidades que le estaban imponiendo con esa decisión. Su mundo infantil fue quebrado abruptamente y se convirtió en mamá de sus hermanas menores que aún asistían a la escuela del pueblo.

Lavar, limpiar, planchar, cocinar y cuidar a sus hermanitas eran las tareas diarias de Emeteria mientras que sus hermanas mayores estaban encargadas de atender la siembra familiar.

Llegados los veinte años de Emeteria del Carmen ya todas sus hermanas habían contraído matrimonio incluso las menores, pero ella seguía soltera. Su timidez era una cualidad que no la ayudaba, en nada, para caer en gracia a los hombres jóvenes de Santa María de Ipire.

Sus padres, ya mayores, la hacían trabajar aún más porque además de los oficios del hogar ella tenía que cuidar la siembra ya que sus hermanas no estaban para hacerlo.

La vida de Emeteria era muy solitaria. Su gran distracción era hacer bordados a los manteles de la casa. Así conoció a una señora de Naguanagua, llamada María de los Ángeles, quien le compró muchos de sus trabajos. El dinero nunca llegó a sus manos porque sus padres se quedaban con él, pero las conversaciones con María de los Ángeles siempre fue un grato recuerdo.

El incómodo autobús seguía atravesando el llano y Emeteria, mirando el paisaje desde la ventana, se quedó dormida en un sueño profundo durante dos horas.

Hubo varias paradas a lo largo del viaje. A ella le parecía que todos los pueblos eran iguales: plazas, casas y calles, siempre lo mismo. Sólo cuando se detuvieron en San Juan de Los Morros fue cuando Emeteria sintió un cambio.

Hasta allí llegaba el autobús. Ahora tendría que hacer un trasbordo para seguir hacia la gran ciudad como ella la llamaba.

Compró en nuevo boleto y se sentó a esperar en un banco de madera con su maleta al lado. Un señor que también se dirigía a Naguanagua, y compró su boleto justo después de ella, la invitó para tomar un café en la lunchería del terminal de pasajeros.

Emeteria se sorprendió y con un gesto de cabeza le señaló en forma negativa. El hombre amablemente insistió diciéndole:

-Vamos señora, un café le caerá bien. Por lo que veo se le acaba de morir un familiar. Yo soy Francisco Cova, a sus órdenes.

Era la primera vez en su vida que Emeteria se sentía bien tratada por un hombre. Estaba sorprendida.

Se levantó del banco, extendió su mano para estrecharla con el recién conocido y dijo suavemente, me llamo Emeteria del Carmen. Esbozó una sonrisa mientras en su cabeza pensaba que nunca más utilizaría el Doña que le había impuesto su difunto marido.

Agarró su maleta del piso pero Francisco rápidamente se la pidió para llevársela. Caminaron lentamente hacia la lunchería y se tomaron dos cafés cada uno. Las conversaciones fueron variadas y amenas. Emeteria le preguntó acerca de Naguanagua y él le habló maravillas de distintos lugares de esa ciudad.

En pocas horas Emeteria había revivido su triste infancia. Ahora, en pocos minutos, ella sentía que su vida a los treinta y cinco años estaba por comenzar.

¡Naguanagua, Naguanagua!, gritó el fiscal avisando a los pasajeros la subida al autobús.

Emeteria y Francisco subieron enseguida. Se sentaron juntos, ella hacia el asiento de la ventana y él en el asiento cercano al pasillo.

La vida es muy corta Emeteria, dijo Francisco. ¡Disfrútela! No se vaya a encerrar en un luto muy largo.

Emeteria no tenía ni siquiera 24 horas de luto, sin embargo, en ese instante ella comprendió que para iniciar una vida nueva tenía que deslastrarse del color negro que llevaba encima.

Asintió levemente con la cabeza y le contestó: empezaré a bordar mi vida con hilos de brillantes colores. Se sonrió una vez más y luego se reclinó en el asiento para disfrutar del último trayecto en la carretera.

Fuente: Pixabay

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