Un rojo amanecer

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Su piel estaba roja, ardiente por el imponente sol del verano. Los labios agrietados le escocían, pero no había nada que parece su diversión.

Corría entre las olas del mar, brincando y saltando. Sentía la arena en sus pies descalzos, y la espuma del mar se arremolinaba entre sus caderas.

Era un día perfecto, y la chica que se zambullía una y otra vez en el mar, se sentía libre. Toda su vida se había sentido dichosa de vivir en aquel lugar, cerca de la arena, cerca del mar.

Veía cada verano como turistas acudían con sus caras embarradas de bloqueador solar a tumbarse en la arena, sin hacer más que tomar sol. Uno que otro acudían al agua, se sumergían y volvían a la orilla. Todos eran iguales, mientras ella nadaba, surfeaba y se sumergía.

Era feliz. Estar en el mar le proporcionaba libertad. Tenía apenas dieciséis años, y no sabía que su vida terminaría por su gran pasión.

Un martes doce de Marzo, la joven, siempre con su piel bronceada, decidió levantarse muy temprano para tomar las mejores olas. Tomó su tabla y emprendió el camino únicamente vestida por su traje de baño y sus sandalias de verano.

No había sol aún, en el cielo aún brillaban algunas estrellas, y toda la calle estaba en silencio.

Llena de rebosante energía, la chica caminaba por las calles sintiendo el aire frío de la madrugada que estaba a punto de terminar, en su rostro. Su corto cabello ondeaba al viento estaba reseco y maltratado a causa de todo el tiempo en el mar, pero ella no era una chica que se preocupara por esas cosas.

Llegó a la orilla del mar y estaba a punto de meterse al mar cuando el sonido de una botella al romperse la hizo mirar alrededor.

No había nadie a la vista, las butacas de plástico estaban amontonadas en medio de la arena y las sombrillas cerradas con veinte metros de distancia unas de otras, daban cierto aspecto fantasmal.

Pero no había nadie en aquel lugar, o eso creyó la chica, quien asumió que debió ser un gato o perro que merodeaban en la basura.

Se quitó las sandalias y mojó los pies en el mar. Estaba cálido, el cielo iba poco a poco adquiriendo un tono de azul un poco más claro mientras los minutos iban pasando. Flotando, sentada sobre su tabla, esperaba que las olas hicieran acto de presencia. Pero al igual que las calles, el mar estaba particularmente tranquilo y eso le disgustaba.

Así que decidió salir del mar y esperar que las olas se avivaran.

Cuando llegó a la orilla, un hombre tumbado sobre una toalla la observaba. Sonreía abiertamente. Un turista.

Tenía la tez pálida, algo sonrosada en las mejillas, su cabello rubio le llegaba a los hombros. Tenía la camisa abierta dejando entre ver sus abdominales.

-Bonito espectáculo- gritó el hombre. Tendría unos treinta años y por algún motivo, la joven simplemente se acercó a su lado.

-Si no he montado ni una ola- Respondió la joven.

-Aunque me guste admirarte, bella surfista, no me refería a tí, sino a eso. - Señaló hacia el mar. La chica giro y vio como el sol, casi como despertando, salía entre el inmenso mar, teñía el cielo y el agua de un rojo brillante, casi embriagador, como lava que se deslizaba en calma.

El sonido de la cámara la hizo girarse, el hombre había tomado una foto de ella observando el amanecer. Él sonreía, solo sonreía, no había mejor espectáculo que aquel.

Curiosa pero sin nada de temor, la chica se sentó al lado de aquel desconocido, que la observaba como un tesoro, como un invidente que recupera su visión y ve con maravilla todo a su alrededor. Estaba extasiado.

Llenos de miedos, dos desconocidos se sumergieron en una aventura diferente, dejando que sus acciones fuesen guiadas solo por una cosa, el amor.

Corrieron durante todo el verano, nadaron y se amaron. Cada mañana se sentaban en el mar a ver el amanecer, pero ninguno era como aquel en el cual se conocieron.

-Debo marcharme- susurró un día el turista a la joven enamorada - tengo una vida a la cual volver-

Con el corazón latiendo rápidamente la chica se irguió a su lado. Su cuerpo desnudo solo estaba cubierto por una delgada sábana que cayó a sus pies en cuanto se levantó.

-¿Y qué será de mí?- dijo indignada y herida.

-Puedes venir conmigo. Vivir conmigo en la ciudad.- Pero para ella eso no era opción, el mar era su refugio, era su felicidad. Así que sin decir una palabra más se marchó. Caminó en medio de la noche alejándose del dolor de la despedida, intentando alejar de su mente todos los pensamientos de ira, tratando de enterrar cada recuerdo.

Pero no se iban. Había recorrido toda la bahía bajo la luz de la luna, pero sabía que solo en el mar su frustración se perdería. Corrió hasta su casa, y tomó su fiel amiga, su vieja tabla y marchó de vuelta al mar.

Se sumergió en las cálidas aguas oscuras, y nadó, se montó en una y otra ola, intentando alejar de su mente todos y cada uno de los pensamientos.

Pero no eran suficientes, aunque le hacía feliz, no borraba ninguno de los momentos vividos con el turista, su turista. Hizo algo que nunca se había atrevido, se fue más y más profundo, buscando olas más grandes.

Sentía como si perseguía el amanecer, que estaba pronto por llegar. Esperaba una ola cuando lo vio, él estaba en la orilla, muy distante, no lo reconocería si no fuese por su rubia cabellera.

Y ahí, en medio del agua lo comprendió, el amor que sentía por él, no podía opocarse con nada, ni con la felicidad que sentía al montar las olas.

Decidida, quiso volver con él, regresar a su nuevo hogar, emprender un nuevo camino, empezó a remar con los brazos montada en la tabla cuando de improvisto una ráfaga de agua la elevó, la llevó a ella y a su tabla por los aires, sumergiéndola luego con extremada fuerza dentro del oscuro mar.

Solo sintió un fuerte golpe, uno que bastó para terminar con su vida.

Impaciente, en la orilla el hombre veía el mar, lo escrutaba, esperando que su chica saliera del agua. Pero no lo hacía.

De pronto el sol se alzó una vez más en el horizonte, y tiñó de un rojo vivo el cielo y el mar. Y ahí, con lágrimas corriendo por sus mejillas, él lo supo, ya su amada no saldría en su encuentro.

En un cielo rojo se habían conocido, y en un amanecer rojo se habían despedido.

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