El ruido del agua corriendo se escucha muy cerca, mientras una niña yace acostada en el húmedo césped. Los pájaros cantan, y danzan en el cielo y los árboles mientras ella ve como los rayos de luz atraviesan las hojas de los altos robles.
El calor hace sentir su cuerpo pegajoso pero a ella no le incomoda. Ya está acostumbra, es parte de sentirse en su hogar.
Siempre pasa las tardes ahí, acostada viendo figuras en las nubes o jugando con sus viejas muñecas.
A lo lejos se ve su hogar. Una diminuta cabaña que comparte con sus abuelos maternos. Su madre la había abandonado con ellos pero ella lo agradece, había sido más feliz ahí los últimos dos años que toda la vida que vivió al lado de su madre.
Sus abuelos cosechaban su propia comida, y a ella me gustaba las tareas que el alegre señor le había enseñado a desempeñar. Cada mañana ordenaba la vieja cabra que tenían en un pequeño establo, luego recogía los huevos del gallinero y corría donde su abuela, quien luego de hornear el pan le servía un majestuoso desayuno.
De ahí partía con el abuelo a cortar leña. Traían muchos troncos con los que avivaban el fuego de la lumbre. A veces asaban codornices que caían en las trampas que ágilmente colocaban en el bosque. O también carne de venado asada, cuando el abuelo tenía suerte y atinaba con su arco.
Así que luego de esas tareas la pequeña solo descansa en el borde del bosque. Siempre terminaba dormida, pero ese día algo la despertó, el sonido de una rama al quebrarse.
Sobresaltada la pequeña mira a todos lados, pero todo se encuentra en orden. Ve como su abuela cuelga detrás de la casa la ropa recién lavada. Ve al abuelo arando la tierra donde sembrará más zanahorias y papas. Todo está como siempre.
Pero el ruido vuelve a repetirse. Esta vez lo distingue detrás de ella, justo en la línea de árboles donde empieza el bosque.
Se levanta arrastrando su enagua y camina con cautela acercándose más y más a los grandes troncos. Siente en su pecho miedo, algo en su interior le dice que algo no va bien.
Aún así se adentra en la oscuridad, movida por la curiosidad y las ganas de aventura. El sonido se repite más cerca, esta vez a su derecha y justo detrás de un pequeño arbusto sale un pequeño conejo gris. Su nariz se mueve a todos lados olfateando y la niña suspira aliviada.
Se ha asustado por nada. Así que se agacha para recoger al pequeño que intenta huir, pero sus manos son veloces y lo sostiene en el aire a mitad de un brinco.
La niña acaricia su pelaje y se gira para regresar a su lugar habitual de juegos cuando choca con alguien.
Así, la cazadora se convierte en presa, y aquel pequeño conejo corre libre hasta el borde del bosque, de donde la pequeña nunca vuelve a salir.
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