Los recuerdos están guardados en el desván, y en la imaginación de un abuelo desquiciado.
Mecedoras de paraíso, vitrolas con dos púas,
¿Qué es eso preguntaba? En mi loco frenesí por descubrir esos inventos que creía funcionaban.
-Son las “cosas” del abuelo que las guarda por si acaso.
Espejos biselados, arañas de cristales cuelgan de las vigas de madera desde el techo, maquinitas de algún tipo, que sirvieron para algo, amontonadas en el suelo como lápidas perdidas y olvidadas por el tiempo.
En un rincón, un baúl de madera, adornado con cien tachas, envejecido por las manos de algún conocido artesano, amigo de boliche del abuelo.
Al abrirlo, los recuerdos se amontonan en la frente de mi madre, cientos, miles de imágenes registran nuestros ojos, que relatan muchas vidas de queridos personajes.
Incrédulo miro esas fotos, de colores ni un asomo, blanco y negro en sus orígenes, color sepia en sus albores.
Algunas lágrimas brotan, de tristezas y alegrías, las sonrisas aparecen con recuerdos de otros días.
Sin llave quedó el baúl, si los recuerdos no escapan, si están sellados con fuego.
Bajamos las escaleras, como flotando en las nubes, de recuerdos impregnados con el aroma del cielo.-