Escribir es un acto biológicamente antinatural en el que, a pesar de todo, persistimos. Es una de esas cosas que permite que la vida pase por encima y a lo mejor te rompa porque es lo que hace, pero que no te destruya del todo._
Isaac Belmar
Escribir, es una forma de intentar dar sentido al trajín de los días. Poner o al menos intentar poner en palabra escrita lo que te acontece en el día o los días es una forma de reflexionarse, quitar lo que sobra, prescindir de esos momentos inexcusables que todos padecemos a lo largo del día y dejar, una vez limpio de grama, lo mejor o lo peor de nosotros, llegado el caso.
En un momento, que la inmediatez, hace inútil cualquier atisbo de reflexión y análisis, donde todo tiene que estar programado, hasta el descanso, una serie, otra serie, una película, una comida, un bar, unos amigos, un hablar por hablar con distintas caras, edades diversas, pero todo, cegado por un sorprendente filtro, que intenta igualarnos y a mi particularmente me hace sentir incómodo hasta decir basta. Hablo del infantilismo.
Los cuarenta son los nuevos treinta los treinta los nuevos veinte, los cincuenta, te divorcias, te metes dos rayas, te compras un deportivo y renuevas tu ropa y te crees el nuevo Prometeo. Pero el olor no engaña, tu cuerpo, huele a viejo, tu boca huele a boca vieja, tus pensamientos de tan progre que quieres ser, huele a mucho más viejo, persiguiendo la utopía mil veces fracasada. Tus movimientos, son de viejo, incluso al andar, tienes ese ademán de sacar el brazo para equilibrarte y ya se te va notando que no tiras de glúteo para mover la cadera. Sarcopenia lo llaman.
Lo dicho, soy consciente de ello, porque escribo, igual que soy consciente del gimnasio porque cuando pasan las horas precisas, ardo y me duele cada parte ejercitada de mi cuerpo. Soy consciente de mi dieta en los ramalazos que me da el hambre cuando la tarde decae y la noche se aproxima a las fatídicas once de la noche que son la antesala de la cama, que a su vez es la antesala del desvelo que tendré probablemente por hambre que me hace arrastrarme fuera de ella, y maldecir mi sino, pero claro, luego me gusta.
Envejecer, es escribir, es darte cuenta que no vas a cambiar ya nada, pero intentar, por lo menos no ya que no te cambien, si no ya, que no te tomen en el pelo. La política, la más desleal de las ocupaciones humanas, consiste en salir con rostro de piedra y con la voz que no te tiemble, justo lo contrario con lo que conseguiste el ansiado púlpito, y dormir por las noches, seguro que lo harán mejor que yo. A todo esto, que descansen que ya me voy demorando en mi arenga.