Me he despertado, como muchas otras noches inquieto, con multitud de cosas en la cabeza, que la mayoría, no me pertenecen. Sueños que son autorías de otros, quizás en un vano intento de darme importancia o de soslayar el inevitable momento de ser consciente de mi poca relevancia a todos los niveles.
Ayer, retomé hábitos que por llevar arrinconados desde finales de 2019, me resultan tan extraños como tener que justificar esto y aquello delante de los padres ya en una edad tan adulta que podemos decir que es mediana edad y los padres, más que padres, son abuelos con desvelos por su nieta y un gobierno a todas luces ( las que les proyectan) francmasón y comunista, cuanto menos.
Ayer cogí el bus, en el primer vaivén, me agité, como un anciano al que pilla de improvisto el rápido transcurrir del día a día. En un autobús, convenientemente incómodo, rodeado de jóvenes coreanos que habían optado a los mejores asientos, intentando vanamente adecuar mi pie a unas plataformas que eran como hendiduras en la roca para acceder al asiento cedido amablemente por el chico de ascendencia africana de la última fila.
La mascarilla, me produce incomodidad, no se el tiempo que llevo sin usarla, dos, tres meses tal vez. Desde la última vez que tuve que acudir con mis padres al centro médico en unas condiciones y una hora tan temprana que ni siquiera, llegaba a hacerse molesto.
En un autobús, lleno de gente de ruidos, de mil acentos de la diversidad de población que actualmente reside en Málaga, se me hace a todas luces incómodo, tan incómodo como esas risas de señora mayor de dos chicas jóvenes en el posterior bus de vuelta, formaban algarabía en cada trajín, en cada sobresalto de parada del infinito trayecto de apenas cinco kilómetros.
Hasta los botones solicitando paradas, han cambiado su tacto, su sonido, todo ahora, tan dependiente de pantallas que puedes creer que has pulsado y terminas intercambiando pareceres con el conductor que amablemente no abre la puerta y tienes que andar una parada más, que no hace más que hacerte ver jóvenes comiendo patatas asadas en recipientes de aluminio de esos como esos de los pollos pero más pequeños, pandillas de chicos y chicas que comen, atentos a sus recipientes, a sus móviles, tan limpios, pulcros, como de revista que no hace más que retrotraer, cómo íbamos en el pasado, fantoches imbuidos de pobreza sin la menor consciencia de ello.