Acostumbrada a acostarse temprano, no más de las diez de la noche, a lo sumo las doce, si la entretenía alguna lectura, que le atrapase, o preparar alguna tarea pendiente del día después que requiriese un extra de tiempo. Lo dicho acostumbrada a acostarse a esa hora, en su habitación humilde como ella sola con un colchón sobre un entramado de bambús que la aislaban del suelo y un ventanal que concentraba casi el único lujo y modernidad de la casa. Un cierre de climalit para aislar del frío y no necesitar un extra de calor, más allá que el que proporcionaba el calor del hogar de la cocina que hacía las veces de calefacción central.
Las primeras luces del día le hacían ir desperezándose y la llegada de los gatos reclamando amor, le recordaban que era el momento de levantarse, cuando aun no se divisaba el amanecer, hablamos de más allá de las cinco pero casi nunca después de las seis. Se dispuso a prepararse un café, el segundo lujo occidental en esa vivienda de un pueblo perdido en el sureste asiático.
Me fui por amor, amor a una cocina, amor a mi mismo, amor a no tener que rendir más cuentas a la civilización occidental que cada vez más miserable y mezquina me había terminado expulsando de ella, a poco que las raíces familiares, se soltaron por la misma ley de vida que el destino nos tiene a todos reservado.
Cada quince días, recibo una visita que me hace recordar placeres que nunca están de más tenerlos, pero eso debo contarlo en otra ocasión.