Misa de año nuevo, la iglesia medio vacía, mis rezos, mis meditaciones, se vieron interrumpidas por la apertura brusca de la puerta acompañada por una voz alta, con el inconfundible tono de las meseteras.
Laraaa, vamos entraa, coña de perra.
La señora, ataviada con un abrigo de garras, zapatillas planas que marcaban sus juanetes y una cacha que resonaba su punta de metal en las piedras de la entrada, en su transcurrir hacia la pila de agua bendita.
Escuche su murmullo santiguandose y el protestar de la perra ante la presignación, y el sacudir del cascabel del traje de cuadro escocés que era su atavío de las mejores galas.
in nomine patris et filii et spiritus sancti...
El ladrido de la perra, en su saltar nervioso de sus uñas en el devenir, hasta acabar sentados a mi diestra. Sentí la mirada de reproche del anciano cura ante el que se ve que era el reiterado comportamiento de la anciana.
Llegó el momento de la paz, que la perra reconoció y me ofreció su patita, en una ceremonia, totalmente interiorizada por el canino. Luego noté el gesto del cura a la anciana para amonestar o quizás disuadir de ir a dar la comunión a la perra.
Me la dejó al lado sin decir nada, a comulgar iba sin cacha curiosamente, también había dejado al lado el abrigo de garras, llevaba una blusa encarnada que rememoraba años mejores.
Yo no comulgué, al igual que la perra, los únicos de la exigua parroquia. Mis razones tenía, pero no adivinaba las de la perra, quizás lamerse con cierta intención sus partes o haber probado en la puerta de alguna vecina con intenciones de fastidiada, o haber mordido la pernera la bedel del ayuntamiento, cuando fue a llevarle el recibo de la contribución... Cualquiera sabe.
El caso es que una vez acabada la misa, se alejaron con la misma parsimonia que vinieron, pero la perra, lejos de la alegría de la ida,iba huidiza, lastimera, quizás víctima de esos pecados, que yo abstraído en mis cuitas, no acertaba adivinar.