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Hola, apreciados amigos de Hive Blog, nuevamente me acerco a ustedes para compartirles un cuento que acabo de escribir y espero puedan disfrutar, ya que también he disfrutado su proceso de creación. Saludos y abrazos para todos, se les estima de corazón.
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“Jacinto Milano”
Jacinto Milano migró a Caracas en 1996, lo conocí el poco tiempo que trabajó en la tienda de mi padre, sin embargo, aquella tarde de un febrero caluroso, ese muchacho se desvaneció.
_ Hoy es 27 de febrero, comienzo a escribir-, apuntó José Vencid en su acostumbrado diario, práctica que realizaba cuando estaba solo y a cualquier hora del día. La jornada apenas comenzaba y José ordenaba algunas piezas que fueron removidas para la limpieza del día anterior; esta tarea la tuvo de su jefe que, antes de abrir la tienda y esperar al curador, como le llama a un amigo, decidió ir a comprar la prensa de aquel día.
José tomó algunas piezas que llamaron su atención, y al levantar una y observar la firma del artista, notó que llevaba su mismo nombre, no el de pila sino el segundo y su segundo apellido, Jacinto Milano. Qué casualidad podría pensar cualquiera, pero José no prestó mucha atención ya que en su vida había conocido varios Jacinto Milano. –Sí, que casualidad, pero, nadie aquí me conoce sino como José Vencid - pensó.
Al mover otras piezas, descubrió algo que llamó poderosamente su atención, la talla de una casa muy parecida al hogar donde nació y vivió su infancia, se preguntó -¿Pero qué hace esto aquí?-. Aquella tenía la forma de su casa y el color que sus padres acostumbraron a pintarla. Pero José luego Introdujo su mano en una pequeña caja y sacó otro tallado, esta vez era un cuadro tallado en relieve sobre una pequeña tabla de caoba, en ella se percibe de pie a un hombre cuyas manos descansan en los hombros de una mujer, que tiene sentado a bebé en sus piernas. No hace falta pensar mucho para darse cuenta que son una joven familia. El niño es José, lo cree él por el parecido de la composición y los colores de las ropas con una foto familiar que aún conserva, -¿Qué está pasando?- se dijo mientras revisaba la firma del artista, Jacinto Milano.
De pronto llamaron a la puerta, era el curador, el amigo del jefe de José, quien pasaba cerca y aprovechó visitar a su amigo, a pesar de que la cita concertada sería para el día siguiente a la misma hora, para retirar unas piezas del artista Jacinto Milano que había ya pagado, pero esto último no se lo dijo a José, quien después de su breve presentación, pudo notar que se trataba de una persona invidente. José se cuestionó el hecho de que un curador debía observar las obras, y como si el visitante le hubiera leído el pensamiento, respondió –Solo percibo las formas con el tacto, y al color también-.
En ese instante volvió el jefe de José, justo cuando él preguntaría, y no pudo, qué sabía sobre el artesano Jacinto Milano. Su jefe abrió formalmente la tienda y se llevó al curador a tomar un café en un negocio cercano, no obstante José no apartó la mirada sobre ellos mientras se alejaban, y a poco de haberlos perdido, continuó con su búsqueda. Encontró tres estatuillas cubiertas con papel celofán, la primera en descubrir fue la talla fiel de su mascota “Trigorin”, noble pudler que acompañó muchos de sus juegos infantiles, y ahora lo tenía nuevamente en frente, en sus manos, en madera. A continuación sacó del papel un auto azul bien elaborado, oloroso a aserrín y pintura al frío, era la copia fiel del auto de su padre, con la puerta del conductor en color verde, como si en algún momento hubiera sido cambiada posterior a un accidente, tal como en realidad había ocurrido con la puerta del auto de su padre.
José perdió toda posibilidad de comprensión en el momento en que encontró la talla de una mujer agonizante, era su madre en su lecho de muerte, tal como sucedió semanas antes, y que le había motivado alejarse de su pueblo. José no pudo contener su desespero, tomo el teléfono y cuando iba a llamar a María, su novia, se dio cuenta que sobre el mostrador estaba un catálogo con todos los artistas cuyas piezas estaban en venta.
Después de observar rápidamente las primeras cincuenta páginas, apareció el nombre de Jacinto Milano. –¡Es él! - exclamó José, estaban todas las fotos de las tallas pero no la foto del artesano, únicamente se observaba el lugar y la fecha de su nacimiento, “Carora, 31 de marzo de 1973”. Inmediatamente José marcó el número y atendió su novia, porque aquel era también su lugar y fecha de nacimiento. Así que luego de contarle todo lo que pasaba, María respondió de forma despectiva que había mucha coincidencia, pero José no lo creía así ya que en Carora, un pueblo pequeño, no pudieron nacer dos Jacinto Milano al mismo tiempo, menos que vivieran en la misma casa, con los mimos padres y la misma mascota. María le recomendó que entonces se pusiera a tallar, que tomara cualquier herramienta y un trozo de madera para que olvidara aquello que le hizo pensar a ella que lo estaba volviendo loco, la muerte de su madre y la obsesión de vivir lejos, pero ella se abstuvo de hacerle este comentario, y optó por colgar.
_Quizás María tenga razón- se dijo José- quizás deba tallar, podría desarrollar otras habilidades, pero nunca lo he hecho-. Sin pensar mucho se dirigió al taller de su jefe, tomó un pedazo de madera y sacó de una caja un par de gubias, como si supiera dónde se encontraban, y comenzó a trabajar. A los quince minutos José tenía lista una réplica exacta del pudler que hizo Jacinto Milano, el artista. José no podía comprender cómo en tan poco tiempo logró con maestría una pieza inspirada en “Trigorin” su mascota de la niñez, que a su vez era la copia de la obra que antes había admirado entre sus manos y que solo era parte de la mercancía del lugar.
Al salir del taller, José guardó al pudler en su morral, pero fue sorprendido por su jefe que ya le esperaba en el mostrador. Ambos mantuvieron un diálogo inaudible, con la mirada. -Estás despedido- se imaginó José oír de su jefe, y le respondió en voz baja, –Déjeme explicarle, esta no es la pieza que usted cree, la original está allí, a su lado, en el mostrador-. Pero allí no estaba, José no comprendió a dónde había ido a parar, por un momento pensó que se trataba de una sencilla trampa de su jefe para salir de él, pero por su edad y su carácter sentía que no valía la pena insistir. –Te la querías quedar- repuso el jefe, y continuó –Lo que vale ese pudler no lo podrías pagar con los pocos meses que tienes aquí, y no conforme con eso también dejaste la tienda sola, pude ver a un cliente marcharse y tomar un bus, era el curador, mi amigo, a quien le vendí cinco piezas de Jacinto Milano-.
José se extrañó de lo que había escuchado sobre el curador, ya que veinte minutos antes él había salido con su jefe a tomar un café, pero presentía que su jefe no iba a tolerar ninguna explicación o excusa, como seguramente su jefe supondría que saldría de su boca. –Deja el pudler y retírate, de todos modos mañana vendrá el curador por su mercancía- fueron las palabras del jefe, y agregó nuevamente –Ven mañana en la tarde por tu liquidación, será algo simbólico por tu servicio y la bondad que mantengo al no actuar de peor manera-. José tomó su morral y sin decir palabras salió a la calle, cabizbajo, con un susto pequeño en su pecho y casi con una lágrima próxima a bajar por una de sus mejillas.
Hoy Jacinto Milano tiene 48 años, se quitó el nombre de José Vencid y se convirtió en un reconocido tallista, papá me dijo antes de morir “Búscalo, es un muchacho honesto y talentoso pero a mi lado no triunfará. Cuando lo halles, es posible que sus piezas valgan mucho. Lo sorprendí tallando su primera pieza, un pudler hermoso. Búscalo, te dará suerte”. Y tanta suerte he tenido que Jacinto se ha hecho mi amigo, me trae de manera exclusiva sus creaciones que pongo a la venta, lástima que no pueda verlas, hace cinco años que perdió la vista.
(Lett / 19-03-21)
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