Cuando empezaron a convivir, tomaron la costumbre de hacerlo todos los viernes por la noche, era como un ritual.
Al principio, la elaboraban ellos siguiendo recetas de parientes o amigos. También probaron los bollos frescos que ofrecen algunas panaderías y hasta las clásicas prepizzas de distintos lugares.
Un buen día se cansaron de esas prácticas. No, no es así, la que se cansó fue Perla, la mujer de Alfredo.
Comenzó diciendo que estaba harta de no poder hallar en las pizzas caseras ese gusto tan particular que tienen las de hornos pizzeros, que zapatero a su zapato, que ya no quedaban marcas de tomate, mozzarella y harina por probar, y bla, bla, bla...
Pero por sobre todo, su queja radicaba en la levadura, enfatizaba diciendo que era imposible encontrar una marca confiable y que por todo lo sufrido ya era hora de abandonar la idea para encargarlas por teléfono.
Cuando dijo eso Alfredo con voz apianada soltó
-Por Dios, lo que me espera ahora. No sé si podré soportarlo.
Al pobre ya algo similar le había sucedido con la levadura, yendo a distintos puntos de venta para conseguir marcas recomendadas que leven satisfactoriamente esa impiadosa mezcla de harina y agua.
Para ella, la levadura era la madre del borrego, la causante principal que le impedía saborear aquellas exquisiteces de la gloriosa pizzería de don Germán, de donde todos los domingos traía su padre a la hora de la cena.
Aclara Alfredo que su mujer lo tiene cansado con ese recuerdo, pero...bueno, esa no es razón suficiente para plantearle el divorcio.
Así es que muchas veces pasa horas insultando a don Germán que se permitió morir sin antes enseñarle oficio y secretos a su hijo para que Perla siga disfrutando de tan extraordinarios manjares.
La desgracia gastronómica era vox populi, no faltaban amigos, vecinos o parientes sin preocuparse por ese problema de molde o a la piedra que les quitaba la posibilidad de ser felices.
La cuestión es que una mañana recibieron un aviso de la sucursal de correo para que retiraran una encomienda.
El paquete no era grande, venía de Italia y lo enviaba un primo de Perla. No sabían de qué se trataba, así es que lo abrieron con cuidado y delicadeza.
Finalmente, se encontraron con el Gran Milagro De Todos Los Milagros, esa maravilla que les permitiría alcanzar la felicidad, el gozo pleno y por qué no, recuperar el placer sexual que había disminuido a medida que se acrecentaba ese desgraciado problema circular.
La joya era una lata dorada del tamaño de las de conserva en cuya tapa en letras doradas se podía leer " Levadura Especial " y pegada con cinta transparente una nota que decía: Querida prima, espero que este envío demuestre que siempre te tenemos presente.
Asegura Alfredo que el festejo de Perla se pareció más a un alarido descomunal que a otra cosa, le siguieron abrazos y llamados telefónicos anunciando lo que habían conseguido.
Frente a tal alegría, Alfredo sintió culpa, quizás porque más de una vez volviendo de su empleo se había zambullido en algún garito a comer dos porciones con un moscato. Sin embargo, por ella, se puso muy contento.
Dijo que la vio rejuvenecida, que no dejaba de mirar la lata y su contenido que no era otra cosa que un polvo grisáceo, al tiempo que repetía una y otra vez
-Dios no me podía fallar -agradecía al cielo y cosa que Alfredo nunca entendió, también a don Germán.
No por casualidad les había llegado el milagro un día jueves, esto hizo que el viernes tuvieran como invitados a su única ahijada recientemente embarazada y a su flamante esposo.
Perla amasó con entusiasmo y dispuso 3 bollos que dejó reposando bajo un repasador.
La sorpresa fue desmedida, la levadura importada también había fallado.
Sintieron que lo ocurrido era el colmo de los colmos, una verdadera catástrofe, una brujería inaudita e interminable.
Recuerda Alfredo que Perla no tenía sosiego, blasfemaba, insultaba por doquier, lloraba sin consuelo. Se la notaba abatida y desesperanzada.
Qué podía hacer él más que consolarla y pensar en la misión que le esperaba. No sería fácil aunar datos sobre establecimientos renombrados para poder paladear una redonda en caja cuadrada (esto siempre le llamó la atención), además de recordar encender el horno cada vez que esperara la llegada de esas ruidosas motos con la mozzarella fría.
Esa noche, al fin de cuentas, las pizzas pudieron comerse pero...sin levadura italiana hubiera sido lo mismo.
Tuvieron otra sorpresa, esa fue mayor aun, ocurrió cuando el domingo desde Italia llamó Luigi, el primo de Perla.
Alfredo me dijo convencido
–Lo que vas a escuchar creo que es motivo más que suficiente para ver a un abogado-
Luigi quería saber si habían recibido parte de las cenizas de la bisabuela Antonia que había fallecido en un accidente y fue cremada.