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Miedo.
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Tengo miedo a caer entre tus brazos
que pueden apretar como alicates,
pese a que ellos ofrecen acicates,
tomarme y luego hacerme sus rechazos.
Temo a tu boca roja y seductora,
que me acoja y después me haga desprecio
porque uno es así cuando se enamora:
ciego, sordo, soberbio, torpe y necio.
Lo peor es que es casi inevitable
sucumbir ante ti por tu hermosura,
y que en ningún momento eres culpable
de que suceda o no alguna amargura.
Mi miedo es débil y poco resisto
los embates que sufro al dar los pasos,
pero estando feliz entre tus brazos,
copio a Descartes: "Pienso, luego existo".