La sombrilla del reencuentro. Relato.

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Surgió el idilio entre un muchacho de 23 años y una mujer de 40, ella una mujer hermosa, morena, esbelta y elegante, de la que quedó prendado aquel joven sin experiencia en el amor, y él un caballerito que estaba recién graduado de médico esos días de 1996.

El amor o la pasión los atrapó, en una acto en que la atracción mutua hizo que establecieran una relación que duró solo 6 meses porque él tuvo que irse al extranjero a emplearse en un puesto muy lucrativo: director de una clínica médica en Costa Rica, cuyo dueño era un tío suyo.

Los años fueron pasando, y aquellos amores iban sufriendo los embates del tiempo, y hasta del descuido, sobre todo, de parte de él pues ella lo recordaba con deleite y agrado cada día.

Algunas veces se llamaban por teléfono, y con los avances tecnológicos, lograban comunicarse esporádicamente.

Ella le decía:

_Mi amor, te espero porque algún día nos encontraremos de nuevo.

En sus espaciados diálogos, ella le recordaba las experiencias que habían vivido. Que si ponerse juntos a ver caer la lluvia, y bañarse en el patio de la casa de ella en un disfrute hermoso y natural. También, que si las canciones que ponían en sus noches de pasión, y no faltaban de Vicente Fernández, y de Juan Gabriel. ¿De qué manera te olvido? o Querida.

Para un romance tan breve, habían construido muchas vivencias placenteras.

Él hizo un hogar en Costa Rica, pero debió separarse de su pareja, y quedó una niña.

¿Y qué sucedió? Él la llamó por teléfono para decirle que volvía a Venezuela en 2018, y ella sintió un miedo de esos que crean angustia y desesperación. Se miró en el espejo, y notó su rostro víctima de los destrozos del almanaque: cabeza canosa, piel arrugada y una figura descuidad por preferir la alimentación libre, y gozar de los sabores de la cocina.

En 2 meses hizo todo lo posible por mejorar, pero ya sesentona, no presentaba aquel cuerpo admirable, e incluso, retomó los ejercicios.

Pero estaba resuelta tan solo a verse con aquel amor, el cual le manifestaba interés y emoción por el reencuentro.

Y volvió el muchacho. Al verla, el impacto fue de ambas partes. Ella muy cambiada en su aspecto, y él parecía un galán de películas.

Se abrazaron y lloraron largamente en casa de él. Él le dijo:

_Está lloviendo, como aquellas veces en que solíamos salir al patio de la casa. ¿Nos damos un baño?

Pero ella, entre lágrimas de dolor, le contestó:

_No, cariño. Yo solo he venido a darte la bienvenida, y a desearte un futuro de verdaderas esperanzas.

Él comprendió la sinceridad de aquella mujer quien, dándole un abrazo de ternura, le manifestó:

_Mi amor. He acudido para decirte que es razonable que nuestra relación no debe seguir. Mañana me voy a otro país a tratar una penosa enfermedad, que no me permitirá volver, si logro sobrevivir, en unos cuantos años.

De nuevo lloraron, y él la acompañó con una consternación de corazón y alma.

Solo atinó él a decir:

_Que Dios te acompañe.

Y mientras daba pasos y se protegía de la lluvia con una sombrilla, las lágrimas se confundían con el agua.

¡Era la misma sombrilla de su primer encuentro!

Un adiós estremecedor que abría distancias.

Y la lluvia seguía , y seguía.

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