A veces resulta difícil no ceder a la tentación y entrar directamente al capote, como un metafórico miura, cuando esa insolente rejoneadora que es la fantasía, te reta con sus recortes y verónicas.
Es por ello, que generalmente, cuando paseo por ese Madrid de la nostalgia y el romanticismo, que tiene sus mejores exponentes en los soberbios palacetes neoclásicos y en la arquitectura modernista de finales del siglo XIX, no puedo evitar sentirme testigo privilegiado de una dantesca historia.
Afirman, cualquiera sabe si las buenas, las regulares o las malas lenguas, que en relación a este período arquitectónico, el arquitecto Antonio Palacios es a Madrid lo que otro Antonio, de apellido Gaudí, es a Barcelona: el Alma Mater.
Si en Gaudí la fantasía es una mirada volcada en las caprichosas formas de la Naturaleza, comenzadas a entrever en estilos incompletos, como el Gótico, en Palacios tenemos una mirada retrospectiva, donde lo clásico retorna con contenida elegancia.
Clasicismo y elegancia, al que acompañan, en muchas ocasiones, una imaginería escultórica, de extraña metafísica, que en algunos casos recuerdas las alucinantes descripciones que hizo Dante en su Divina Comedia, donde los personajes parecen pugnar desesperadamente por liberarse de la infernal influencia de la piedra que los mantiene prisioneros.
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