Suele sentarse a mitad de ese encantado sendero de álamos desnudados por los rigores de los vientos del otoño, que dejando atrás el Gran Estanque, induce a los paseantes a dejarse llevar por el hechizo del Palacio de Cristal.
Extendidos en armónica disposición en la superficie de una pequeña mesa plegable y con diferentes formas y grosores, una veintena de vasos de cristal constituyen los instrumentos de una orquesta élfica.
De clara sonoridad y con inequívoco recuerdo a timbales y campanillas, diferentes melodías amenizan a los melancólicos paseantes, dejando entrever una cualidad, sin duda alguna muy especial: la armonía.
No resulta extraño, por lo tanto, que muchos piensen que el Parque del Retiro es, después de todo, el asilo de la genialidad perdida.
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