Les aseguro que no pretendo hacer un chiste, ni tampoco ser irrespetuoso con nadie, pero cuando vi a la persona que estaba interpretando una música tan magnética y melodiosa en una de las esquinas del gran Estanque del Retiro, mi primera impresión fue la de que el señor Miyagui estaba ‘puliendo cera’.
Y es que –créanlo, porque es tan cierto como que a la primavera le sucede siempre el verano- su extraordinario parecido con el actor de origen japonés, Pat Morita –el inolvidable profesor de la serie ‘Kárate Kid’- por unos momentos, me desconcertó por completo.
Luego me dejé llevar por su magistral manera de interpretar un instrumento, el arpa, que enseguida despertó mis adormilados sentidos de hermeneuta aficionado, haciéndome recordar a ese personaje bíblico que fue capaz de sacrificar en el campo de batalla a su mejor general, con el indecente propósito de dar rienda suelta al irreprimible deseo que sentía por su mujer, con la que, si mal no recuerdo, aunque no prometo nada, terminó desposándose, supongo que con el consentimiento a regañadientes de Yahvéh: el rey David.
Pero el arpa israelita –visible en la magnífica escultura románica del rey David, realizada por el Maestro Esteban en la Portada de Platerías de la catedral de Santiago de Compostela- es muy distinta a este otro instrumento, que por peculiar forma, los simbolistas han comparado siempre con el cisne: el único animal, que según se dice, se comenta y se rumorea, muere cantando.
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