Decía Goethe, en mi opinión el máximo representante del romanticismo alemán, que de arriba abajo y de abajo arriba, las memorias tienen que acabar por encontrarse siempre.
Esta reflexión, me resulta generalmente muy oportuna, cada vez que mis ímpetus viajeros me animan a poner en práctica aquél sabio consejo de carretera y manta y echándome a los caminos –que por algo en todos o en casi todos, alienta siempre el espíritu incombustible de un Quijote- recalo en lugares cuya luz, belleza y armonía me hacen sentir poco menos que amo del laberinto.
Laberinto era –y continúa siendo, por cierto- como Jorge Luis Borges –quién sabe si encontrando la inspiración en un tango metafísico- consideraba a la memoria, lugar primordial y único, como lo es éste que les muestro, en el que también confluye aquélla idea borgiana de parejo continuo, donde el ayer es el aún y también el todavía.
Y es que, en esa metafórica Torre de Babel, que en el fondo es la existencia, hasta churras y merinas nos pueden parecer sugestivamente hermosas, según sea el color del cristal con que las miremos.
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