El otro día, paseando por una conocida rosaleda de mi ciudad, cuyas inapreciables rosas-rosae comienzan a acusar el peso de un verano al que ya se le observa haciendo los preparativos para la retirada, acuciado por la inminente llegada del general Otoño, no pude por menos que recordar aquél poema-fábula de Antonio Machado y de alguna manera, sentirme yo también como otro de esos bohemios marineros, que haciendo un jardín junto al mar, decidieron meterse a jardineros.
Y al introducirme en esa vieja piel, curtida soberana y culturalmente en infinidad de olas, de vaivenes, de tempestades shakesperianas y de innominados espantos lovecraftianos, llegué a recordar, a la vez, que incluso de la escatológica esencia del abono –entiéndase en su etimología exacta y mundana, como es la mierda- siempre puede salir algo relativamente hermoso.
De manera, que decidí continuar cultivando mi jardín, sin dejar que la simpleza del barbecho –que le haga caso cualquier otra persona que decida dejar su jardín olvidado de la mano de Dios el tiempo que quiera- frustre un noble campo, que todavía y a pesar de las inevitables plagas de pulgón, tiene mucho fruto que ofrecer.
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