Hay un lugar del que sí quiero acordarme, cercano a esos campos de Calatañazor, que el sol convierte en grana cada atardecer, donde el espíritu puede platicar a gusto con el agua o en su defecto, dejarse acunar dulcemente por su canción.
El racionalista, generalmente insensible a la extraordinaria dosis de poesía que se esconde detrás del velo de la contemplación, lo conoce como el lugar donde nace el río Abión.
Pero el humilde labrador, aquél con el que se solidariza siempre ese poeta que lleva dentro todo peregrino, se refiere a él como la Fuentona o el Ojo de la Fuentona.
Y no es para menos, porque por su forma, el lugar semeja un ojo lacrimoso, cuyos humedales son igual de sentidos a los que derrama en el Arte cualquier Piedad, recordando esas metafóricas lágrimas de vida, que la Madre Naturaleza derrama por el bien de sus hijos.
Puede que por ello, la Tradición, hermana de la Intuición, vea también en este lugar, esa no menos metafórica bola de cristal, por la que los antiguos Dioses observaban a los hombres, cuyos méritos premiaban a castigaban, según fuera su intención.
Recuerdo, que la última vez que estuve aquí, seguramente dejándome dulcemente llevar por su paz y por su belleza, me vino a la memoria una de las cuestiones que el gran escritor y mejor persona, José Luis Sampedro –actualmente, como el Principito, residiendo en una estrella muy especial- se planteaba con respecto a la delicada cuestión del agua.
Porque –siguiendo su hilo de pensamiento- resulta tremendamente irónico, que el hombre se gaste miles de millones de dólares para encontrar agua en la superficie de Marte y no cuide la que tiene en su propio planeta.
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