Se acabó el largo sueño, Flora ha despertado y lo ha hecho sacudiéndose de encima la humedad de los rocíos de la mañana y guardando a continuación la manta que le regala siempre su primo, el Invierno.
Se ha acercado a la ventana y al abrirla, los primeros rayos de un sol alegre y vital han ruborizado sus mejillas con idéntico sonrojo con el que una adolescente recibe su primera petición de amor.
Flora es feliz, pues atisbando a través de esa misma ventana, que también es la puerta a ese multidiverso atanor que es el mundo, comprueba, entusiasmada, que más allá de los exigentes reposos de los nigredos, los alegres mercurios comienzan a renacer y en su glotonería de colores, celebran la llegada de una nueva temporada.
Aún hostigados por los terrores de la pandemia, Flora siente que es un remedio para el bienestar de los humanos y se regocija cuando los ve pasear por su inmenso jardín, sentarse junto a los cerezos en floración o sacarse fotografías con esos seres amados, que aun dejando parte de su salud en el camino, continúan celebrando con determinación los extraños caminos de la vida.
Porque a través de su obra callada, de sus silencios y de sus meditaciones, Flora sabe y entiende que los seres humanos también, que sólo ella es la estrella de la esperanza y que su mensaje de belleza y de color, es la mejor terapia para el mundo.
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