Para llegar a Ítaca, también el marinero audaz, como el laborioso vagamundos que lo hace por caminos polvorientos, ha de sortear peligrosos escollos.
Yerra, además, quien piensa o da por hecho que en su arduo camino, sorteando el embite de las olas, ya no existe la posibilidad de que Escila y Caribdis le salgan al paso y como hiciera la Esfinge con Edipo, le inste a descifrar un acertijo, so pena de enviar su frágil embarcación al fondo de unos abismos donde Neptuno todavía mantiene encadenado al terrorífico Kraken.
Pero a fin de cuentas, también es cierto que quien voluntariamente opta por el honor de convertirse en Ulises, ha de estar predispuesto a aceptar el peligro como compañero de camino, sobre todo cuando se navega en la proximidad de unos acantilados que en modo alguno desmerecen la soberbia de aquellos otros que Lovecraft definió como de la locura.
Mares, éstos de Ítaca, cuyas aguas se tiñen cada atardecer con los tonos iridisados de un ocaso donde el sol se pierde en el interior del palacio de las sombras, dejando detrás de sí cárdenos destellos de una vistosa y violácea intensidad.
En definitiva: mares donde el marinero vuelve a escuchar ese misterioso canto de las sirenas, cuyo corazón sabe con certeza que no es otra cosa que la irresistible llamada de la aventura.
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