El teatro y sobre todo la poesía de Rabindranath Tagore, contienen un alto grado de simbolismo, capaz de transformarse en metafóricos espejos, donde practicar el atrevimiento de Narciso y sucumbir a los encantos del lenguaje mágico del agua.
Decía Tagore, por ejemplo, que no es el hombre ni el martillo quienes pulen los guijarros, sino el agua con su música y su canción, describiendo con maestría poética lo que cualquier otro vería como una consecuencia lógica de la erosión, obviando, seguramente con el desprecio que otorga lo supuestamente banal, que el agua, en una visión subjetiva, es también una maestra creadora de paisajes, que a su manera actúan sobre el inconsciente como faros guardianes de mundos incognoscibles y fantásticos.
Ella los moldea y los transforma a su capricho, jugando con la forma y el color, creando modelos de llamativa fractalidad, que contienen, en su aparente desorden, la lógica rudimentaria de una matemática caótica, que a pesar de todo, también se rige por sus propias leyes y fundamentos.
Dentro de su eterno movimiento, corrientes y calmas, fluidez y estancamiento incorporan el beneficio de su capacidad mimética, para convertir una simple canción en toda una sinfonía visual, de mil colores y formas, cuyas notas se encadenan creando escenarios de abstracta belleza.
Será, posiblemente, que la ilusión que se desparrama en cada gota de agua, resulta siempre una pincelada de color que conlleva una invitación a la contemplación y un salmo benefactor a los sentidos.
Quizás, junto con la perseverancia de Tagore, fuera Haendel, quien en su maravillosa concepción de la música acuática, descubriera en esas formas, en esas onduladas mareas, rendidas voluntariamente a la fuerza motriz del viento, el verdadero canto de sirena que atrapa a los sentidos, haciendo que el espíritu sienta la llamada hacia esa añorada Edad de Oro, por la que suspiran todas las mitologías, donde un escritor de origen brasileño, Paulo Coelho, tal vez acertara con envidiable puntería, cuando la denominó, sencilla y llanamente, el lenguaje del mundo.
Que no es otro, desde luego, que el Lenguaje de la Vida.
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